martes, 22 de diciembre de 2015

Impresiones. Opiniones de un payaso.

Éste es el inicio de mis Impresiones sobre Opiniones de un payaso que me publicaron en Revista Humanismo y Sociedad:

En Opiniones de un payaso no habla el payaso que creí. Esto me entristeció un poco –una especie de decepción– porque esperaba a uno experimentado, curtido, que me hablara de sus amarguras; lo vi como el cliché del payaso triste: En la noche de su profesión, acabado por ella, y a pesar de que ya no estuviera ejerciendo, tendría un mal intento de maquillaje, producto de la negligencia, sobre una barba creciente y tupida; debo decir que lo imaginé como no se lo merece él ni ningún payaso, porque en esa profesión prima el buen humor (sea uno alegre o triste) sobre los conflictos internos, así que luego consideré injusto que alguien siempre presto al esfuerzo por crear sonrisas, por intentar estrujar el corazón de los demás haciendo que la risa brote, termine en la decadencia. Afortunadamente, al que encontré es uno de veintisiete años...

Para leer el artículo completo, aquí está el enlace: http://fer.uniremington.edu.co/ojs/index.php/RHS/article/view/192/198

domingo, 14 de junio de 2015

Ese punto azul pálido [#2]

Ann Druyan sugiere un experimento: observemos de nuevo el punto azul pálido del capítulo anterior. Contemplémoslo durante un rato. Miremos ese puntito el tiempo que haga falta y luego tratemos de convencernos de que Dios creó todo el universo exclusivamente para una de entre los diez millones de especies que habitan esa mota de polvo. Demos ahora un paso más: imaginemos que todo fue creado para un solo matiz de esa especie, o género, o subdivisión étnica o religiosa. Si eso no nos parece demasiado improbable, tomemos otro puntito. Supongamos que ése está habitado por una forma distinta de vida inteligente. También ellos defienden la noción de un Dios que lo ha creado todo para su beneficio. ¿Tomaremos en serio su reivindicación?

[...]

Las ingentes distancias que median hasta las estrellas y las galaxias son responsables de que en el espacio todo lo veamos en el pasado, y que incluso percibamos algunos cuerpos celestes tal como eran antes de la formación de la Tierra. Los telescopios son en realidad máquinas del tiempo. Mucho tiempo atrás, cuando una galaxia primitiva empezaba a verter luz a la oscuridad que la envolvía, ningún testigo podía saber que, miles de millones de años después, unos cuantos pedazos remotos de roca y metal, hielo y moléculas orgánicas acabarían por juntarse para formar un lugar llamado Tierra; o que la vida nacería y evolucionaría hasta dar seres pensantes que, un buen día, tomarían un fragmento de esa luz galáctica y tratarían de averiguar qué era lo que la había colocado en su camino.
 
Y cuando la Tierra muera, dentro de unos cinco mil millones de años, cuando haya quedado reducida a cenizas o haya sido tal vez engullida por el Sol, surgirán otros mundos, estrellas y galaxias que nada sabrán de un lugar llamado en su día la Tierra.
 
Casi nunca parece un PREJUICIO. Al contrario, la idea de que, a raíz de un nacimiento casual, nuestro grupo (sea el que sea) debe ocupar una posición central en el universo social, parece acertada y justa. Entre príncipes faraónicos y pretendientes de la dinastía Plantagenet, hijos de capitalistas sin escrúpulos y burócratas del Comité Central, bandas callejeras y conquistadores de naciones, miembros de confiadas mayorías, oscuras sectas y denostadas minorías, esta actitud narcisista parece tan natural como la acción de respirar. Bebe de las mismas fuentes psíquicas que alimentan al sexismo, racismo, nacionalismo y otros perniciosos chauvinismos que azotan a nuestra especie. Es necesaria una gran fuerza de carácter para soportar la arrogancia de los que sostienen que gozamos de una superioridad clara —o incluso que nos ha sido otorgada por Dios— sobre nuestros congéneres. Cuanto más precaria es nuestra autoestima, mayor es nuestro grado de vulnerabilidad ante tales afirmaciones.

Dado que los científicos son personas, no es extraño que pretensiones comparables a la expresada se hayan insinuado también en el ámbito de la visión científica del mundo. En realidad, muchos de los debates centrales en la historia de la ciencia parecen, en parte, discusiones acerca de si la condición humana es especial. Casi siempre, de entrada se asume que somos especiales. No obstante, después de examinar la cuestión con mayor rigor se descubre —con desaliento en muchos casos— que no lo somos.

Un punto azul pálido: Una visión del futuro humano en el espacio - Carl Sagan.

Ese punto azul pálido [#1]


Desde la distancia, los planetas parecen sólo puntos de luz, con manchas o sin ellas, incluso a través del telescopio de alta resolución instalado a bordo del Voyager. Son como los planetas observados a simple vista desde la superficie de la Tierra, puntos luminosos más brillantes que la mayoría de estrellas. Por espacio de unos meses, nuestro planeta, al igual que los demás, da la sensación de flotar entre las estrellas. Con sólo mirar uno de esos puntos no somos capaces de decir lo que alberga, cuál ha sido su pasado y si, en esta época concreta, vive alguien allí.

Como consecuencia del reflejo de la luz solar de la nave hacia la Tierra, ésta parece envuelta en un haz de luz, como si ese pequeño mundo tuviera algún significado especial. Pero se trata solamente de un accidente achacable a la geometría y a la óptica. El Sol emite su radiación equitativamente en todas direcciones. Y si la imagen hubiera sido tomada un poco antes o un poco después, no habría habido haz de rayos solares que iluminara la Tierra.

¿Y por qué ese color azul celeste? El azul procede en parte del mar y en parte del cielo. Dentro de un vaso, el agua es transparente y absorbe ligeramente más luz roja que azul. Pero si lo que hay son decenas de metros de ese elemento o más, éste absorbe toda la luz roja y lo que se refleja de vuelta al espacio es el azul. Del mismo modo, a corta distancia, a través del aire, el objeto se ve transparente. No obstante —y eso es algo que Leonardo da Vinci explicó a la perfección—, cuanto más distante se encuentra, más azul parece. ¿Por qué? Ello es debido a que el aire dispersa mucho mejor la luz azul que la roja. Por ello, el matiz azulado de ese puntito es debido a su espesa pero transparente atmósfera y a sus profundos océanos de agua líquida. ¿Y el blanco? En un día normal, la Tierra aparece medio cubierta de blancas nubes de agua.

Nosotros somos capaces de explicar ese azul pálido que presenta nuestro pequeño mundo porque lo conocemos bien. Sin embargo, es menos probable que un científico extraterrestre, recién llegado a los aledaños de nuestro sistema solar, fuera capaz de deducir la existencia de océanos, nubes y una atmósfera densa. Neptuno, por ejemplo, es azul, pero fundamentalmente por razones distintas. Desde esa posición tan alejada puede parecer que la Tierra no reviste ningún interés especial.

Pero para nosotros es distinta. Echemos otro vistazo a ese puntito. Ahí está. Es nuestro hogar. Somos nosotros. Sobre él ha transcurrido y transcurre la vida de todas las personas a las que queremos, la gente que conocemos o de la que hemos oído hablar y, en definitiva, de todo aquel que ha existido. En ella conviven nuestra alegría y nuestro sufrimiento, miles de religiones, ideologías y doctrinas económicas, cazadores y forrajeadores, héroes y cobardes, creadores y destructores de civilización, reyes y campesinos, jóvenes parejas de enamorados, madres y padres, esperanzadores infantes, inventores y exploradores, profesores de ética, políticos corruptos, superstars, «líderes supremos», santos y pecadores de toda la historia de nuestra especie han vivido ahí... sobre una mota de polvo suspendida en un haz de luz solar.

La Tierra constituye sólo una pequeña fase en medio de la vasta arena cósmica. Pensemos en los ríos de sangre derramada por tantos generales y emperadores con el único fin de convertirse, tras alcanzar el triunfo y la gloria, en dueños momentáneos de una fracción del puntito. Pensemos en las interminables crueldades infligidas por los habitantes de un rincón de ese pixel a los moradores de algún otro rincón, en tantos malentendidos, en la avidez por matarse unos a otros, en el fervor de sus odios.

Nuestros posicionamientos, la importancia que nos auto atribuimos, nuestra errónea creencia de que ocupamos una posición privilegiada en el universo son puestos en tela de juicio por ese pequeño punto de pálida luz. Nuestro planeta no es más que una solitaria mota de polvo en la gran envoltura de la oscuridad cósmica. Y en nuestra oscuridad, en medio de esa inmensidad, no hay ningún indicio de que vaya a llegar ayuda de algún lugar capaz de salvarnos de nosotros mismos.

La Tierra es el único mundo hasta hoy conocido que alberga vida. No existe otro lugar adonde pueda emigrar nuestra especie, al menos en un futuro próximo. Sí es posible visitar otros mundos, pero no lo es establecernos en ellos. Nos guste o no, la Tierra es por el momento nuestro único hábitat.

Se ha dicho en ocasiones que la astronomía es una experiencia humillante y que imprime carácter. Quizá no haya mejor demostración de la locura de la vanidad humana que esa imagen a distancia de nuestro minúsculo mundo. En mi opinión, subraya nuestra responsabilidad en cuanto a que debemos tratarnos mejor unos a otros, y preservar y amar nuestro punto azul pálido, el único hogar que conocemos.

Un punto azul pálido: Una visión del futuro humano en el espacio – Carl Sagan.

domingo, 3 de mayo de 2015

¿Qué queda?

[Buena suerte. d A.L]

¿Qué se hace más largo?
¿Esa tarde de espera o toda una vida?

Una tarde de aguante
sin dinero
con el sueño a cuestas
cerrando los ojos
las manos apoyadas
las manos soportando la vida
los pies se balancean
y el hambre
el hambre
¡El hambre!
Ir de aquí para allá en una ciudad ajena
siempre a los mismos lugares
de blancura enfermiza
de espera inacabable
con voces indolentes
que surgen de gargantas metálicas
y evocan guiones de memoria
voces fastidiadas que no comprenden el dolor
¿Qué queda?
La espera en una tarde tranquila
la espera fastidiosa en una tarde de hambre
¿Cómo dormir en una banca de parque de una ciudad ajena?
La cabeza se balancea sobre el cuello cansado
los ojos ceden a la negrura
las manos sostienen
las manos cansadas se aferran al concreto
el mundo pasa despacio
sin sigilo
sólo transcurre
y en la memoria
las filas, las horas, los días
los recados
la fatiga la fatiga
¿Y qué queda?
Resignación
el fruto de la paciencia, aprendida con los años
el yugo que se aferra al alma con cada decepción
una caricia dolorosa al orgullo
Y entonces la tarde se hace corta
aguardar una hora incierta en soledad, en ayuno
no es tanto
la voluntad encoge el tiempo y lo vuelve exhalación
la ansiedad no asoma
Queda la fortaleza
las cicatrices del dolor
los recuerdos de las batallas perdidas
la ilusión de la Victoria

martes, 7 de abril de 2015

{Tres miradas} Tercera

Es domingo. Sabés que casi siempre son solitarios. El día comienza a acabarse, la luz aún está pero el calor desaparece paulatinamente, al igual que tu pasión. Es esa hora en la que todo permanece tranquilo, como tu vida, aunque en ella no es tanto tranquilidad sino monotonía, porque estás inquieto y todavía no lo sabés. Un automóvil voltea y te alistás para ejecutar tu parte: Ofrecerle un puesto clandestino de parqueo. Un falso cliente. Los dados golpean (como cada sábado y cada domingo) el vidrio del parqués y vos ya ni reparás en ello. El hambre te llega. Aparece una camioneta de esas que te gustan, para llenarla de cosas, pero ¿qué cosas? Ahora sí hacés tu parte, agitás el trapo, das las indicaciones necesarias; un acto practicado ¿Por cuánto tiempo ya? ¡Tanto! ¡Tanto! Y el conductor, como la mayoría de conductores que te han tocado, no parece advertir tu presencia, tus palabras; al principio te molestabas mucho; ellos siguen mirando hacia el frente y por los retrovisores ¿Sabrán que existís? ¿Alguna vez has deseado preguntarle a alguno de ellos si te ve? ¿Importa?

Vas a la acera de enfrente, a la banca y te sentás (ya te cansás más rápido que antes). Un hombre sentado a tu lado escribe; esa banca casi siempre está dispuesta para vos y más un domingo; su presencia no te molesta, te causa curiosidad y le preguntás si está estudiando, te responde con un sí a secas; como sos seco en tu trato, te da igual. En general hablás poco; hoy te dio por hacerlo más de la cuenta, la soledad y el silencio te están pesando más este domingo y por él; su presencia te hace pensar de más. «Ahí nos vamos yendo» le decís y en ese momento aparece uno de los pocos autos que sabés llegan fijos los fines de semana; son los muchachos con sus instrumentos, llegan a ensayar su música; te percatás de que son alrededor de las cinco. Repetís tu número, los saludás un poco adusto, sólo un poco. Pasás de nuevo junto a la camioneta y te apoyás en ella, mirás en la parte trasera, te ilusionás creyendo ver un billete y es sólo un papel. El aire comienza a hacerse más frío y te fastidia la garganta, te vuelve la tos que lleva varios días; también agita tu hambre, pensás en los pasteles, en las sobras. Pensás en vos, en el hombre de la banca, en lo que pudiste ser; un titubeo; sos vos de nuevo, el Raúl callejero, el que quiere ser libre, el que es libre, con hambre pero libre, sin la posibilidad de tomarse otra cerveza, el que a veces vive de la caridad; libre.

Volvés a la banca. Mirás al hombre, lo escudriñás y querés saber qué escribe por tanto tiempo, hasta pensás que él está allí desde que existís; un pequeño desvarío. No lo sabés pero la inquietud comienza a hacerse visible en vos; él hace que comience a existir. Lo ves ahí y te surge la necesidad de hablarle, de matar la soledad, de sólo hablar por hablar y es por ello que le mencionás a los muchachos que ensayan su música todos los domingos. Él, áspero como vos. No importa. Querés hablar lo que sea. Luego callás; tu estado natural repujado por la costumbre. Sigue ahí y pensás en él. A tu manera pudiste ser él; no exactamente él, te referís a haber hecho otra cosa con tu vida. Debiste ser otro. Los de la camioneta salen del restaurante y te apurás a su encuentro. Ves al niño y jugás con él. Amelia. Amelia entra en tu cabeza. Ícaro; así le decía ella y así se llama para siempre en tu corazón. Ícaro. Tu hijo que no logró serlo. Debió. Y ella debió ser tu esposa ¿cierto? ¿Dónde estará? ¿Estará? El conductor pasa frente a vos y ninguno se inmuta. Se toma su tiempo y ves al niño subirse (Ícaro). Él debió ser y así vos pudiste ser y Amelia hubiera sido ¿Dónde está ella? ¿Qué le dirías? ¿Está con otro? La hiciste alejarse de tu lado y no te importó porque esa es mi naturaleza, pensabas en esa época ¿Importa ahora? ¿Es solamente por la soledad? ¿O realmente importa? La ventanilla se abre, una mano aparece: dinero; tomás las monedas y antes de guardarlas, las contás rápido. Agitás el pañuelo, una despedida. Ícaro. ¿Hubo otro Ícaro para ella? ¿Un mejor Rául? Te sentás. El hambre no se esconde tras los pensamientos. Buscás a Josefina, la ilusión de así sea un mendrugo. La gorra pica en tu cabeza; te la quitás. Otra cerveza, te gustaría otra cerveza, una más te ayudaba a olvidarla. Eso no va a funcionar esta vez. Volvió a vos, no como esperarías, no en persona; en un pensamiento que no tiene intención de alejarse ¿La buscarías? ¿La amás? Para qué ¿Dónde, dónde estás? El hombre continúa sentado en la banca, escribiendo y a veces te observa; no lo notás. Los dados ya no suenan y los automóviles no voltean por tu cuadra, siguen derecho por la principal; eso ya no te importa, te quedó una inquietud que no sabés que existe; para vos, es Amelia, es el hijo que no te hizo ser diferente porque voló antes de lo debido.

lunes, 6 de abril de 2015

{Tres miradas} Segunda

Está comenzando a enfriar. ¡Qué calma! Siempre es lo mismo los domingos. Ese olor. Ya está haciendo hambre; el sancocho de ayer estuvo bueno bueno ¡y dos platos! Lástima no haber podido guardar uno para hoy ¡juemadre! Ahí llega un carro, por fin. No, siguió derecho. Deben ser las cuatroymedia, con razón no viene nadie, aunque en esto aparecen los pelaos a ensayar. Este sí. «Dele dele dele. Ahí. Eso» Buena camioneta. Así la quiero yo, amplia atrás para meterle todo lo que quiera. Con este carro uno piensa que dejarían buena propina pero los he visto en unos más vistosos y son más amarraos. Hambre y no hay pinta de que me vayan a dar algo, toca esperar hasta más tarde a los pasteles viejos o algún sobrao; ojalá alguien haya pedido uno de más y le haya quedao grande a ver si Josefina me lo guarda. Éste está bien, éste también, nada raro por aquí, todos tal cual llegaron, no falta el maldadoso que los raya, hoy no… por el momento. Bueno, a descansar las piernas. Este muchacho… A esta hora un domingo por aquí. Yo no lo había visto. «¿Está estudiando?» Vea usted. El que quiere y puede… «Muy bueno. Ahí nos vamos yendo» Ahí me voy yendo ¿Será que debí haber estudiado? ¿Y qué hubiera…? No, creo que yo no estaba para eso; eso es pa’l que quiere y a mí nunca me gustó, pero es que vivir así… vivir así así así sin nada sin nada seguro todos los días lo mismo esa incertidumbre ¿Al menos debí buscar un oficio? Ahí llegaron los muchachos, yo sabía. Entonces deben ser como las cinco «¡Hágale, dele dele, eso!» «A ensayar, ¿no? Muy bueno, yo los escucho desde aquí, sí señor, suena duro y bonito» Debí ser cantor, mi mamá me decía que yo tenía una voz muy bonita. ¡Qué hambre! Aunque preferiría una cerveza, otra, pero son muy caras y si Josefina se da cuenta, no me da comida. Aquel muchacho sigue estudiando. Todo bien por aquí. ¡Qué camioneta más bonita! ¿Qué es eso, un billete? ¡Bah! Sólo basura. No hay más carros, aprovechemos a descansar. Volverse viejo es complicado. ¿Uno sin un guardadito de qué va a vivir luego? Esto toca hacerlo hasta que llegue la hora. Ahí me voy yendo «Ahí nos vamos yendo, muchacho» Sí, ya qué, a más de mitad de camino no hay manera de devolverse ¡Qué cantor de tangos! Lo que fue, fue. Vean a este pelao, está joven y se le nota que disfruta lo que hace porque un domingo no provoca nada así esté uno sin un peso… pero aquí soy libre, no estoy encerrado, no le hago daño a nadie, me toca aguantar hambre, sí, y sed, pero soy libre… Bueno, a ver este señor qué tan generoso es. El niño tiene razón, el pastel de arequipe con queso es el más rico y ya se acabó ¡Qué vaina! Hace rato no me toca. Los niños son lindos. Si Amelia hubiera tenido a Ícaro… Se nos fue antes de tiempo. Ícaro; estábamos entusiasmados con él y pensé en sentar cabeza; mi vida hubiera sido diferente, tal vez no sería cantor pero un hijo habría cambiado todo. Para bien. Yo lo habría recibido con amor y estaría con Amelia ¡Cómo quise a esa mujer! Todavía, pero lo callejero no iba con ella ¿Dónde estará? Por Ícaro hubiera dejado de serlo, debí dejar de serlo por ella. Ya no fue. ¿Estará viva? Mil. No está mal. «Ahí me voy yendo» ¿Dije eso en voz alta? Ya ni me doy por enterado y me sucede muy a menudo últimamente. Será por no hablar con casi nadie. Amelia Amelia ¿Estarás viva? ¿Estarás? ¿Dónde? ¿Habrá un nuevo Ícaro para vos? ¿Uno que no se fue y te cambió la vida? Ése debió ser nuestro, no tuyo con otro, sino tuyo y mío Amelía mío mi Ícaro contigo con una nueva vida para mí para los dos Amelia ¿Estás? No debí ser cantor Amelia debí ser Papá Esposo y tener una casa con vos sí Amelia con vos y ya no puedo ser papá Amelia ya no puedo criar a un Ícaro aun si quisiera ya estoy dañado para eso ya es muy tarde ¿Y para vos? ¿Fue tarde? ¿O fue?  A mí me hubiera gustado mucho mucho mucho yo te lo dije cuántas veces te lo dije Amelia Amelia ¿Cuántas? Los dos estábamos ilusionados Y lo perdimos Yo sé que me dio rabia y te llegué a culpar y te pido perdón yo nunca te pedí perdón no fue tu culpa Y luego te perdí a vos no debí perderte No debí ser cantor no debí ser esto que soy ¿Debí ser otro? Debí ser tuyo así no me iría yendo día tras día sin vos así me voy yendo sin vos y no debí… perdón perdón Amelia ¿Dónde estará Josefina? ¿Dónd…? Hace sueño. Y hambre. Deben ser las seis. Casi no hay movimiento, como todos los domingos, pero toca darle hasta las nueve, igual que todos los días. Ese muchacho sigue escribiendo ¿Dónde estarás, si estás, Amelia?

domingo, 5 de abril de 2015

{Tres miradas} Primera

El sol busca regocijo en las montañas más robustas. En el cielo, la luna es un diminuto cacho, se confunde con un trazo difuminado de nubes que se han tomado la mitad del orbe; al fondo, lindando con el horizonte, donde el sol se empecina en hallar resguardo, las nubes estallan en un blanco y un naranja tenue. De un garaje abierto surge el incesante sonido de los dados al chocar contra el cristal; repetitivo el sonido, podría pensarse que es siempre el mismo; a veces el intervalo entre golpe y golpe cambia, haciendo creer que la partida pudo haber terminado. Es un engaño.

Los autos dejan en el aire la estela de un rugido al pasar por la avenida, no tan imponente como el del avión que desde el suelo se ve cruzar junto al cacho que es la luna. El olor de la comida escapa de los locales y atrae a los hambrientos y golosos. A veces los autos se desvían y giran por esta calle; a veces también reducen la velocidad y buscan un sitio para aparcar. Cuando esto último sucede, aparece Raúl; lleva en su mano un dulceabrigo y lo agita, introduciéndose en la escena, como una señal de que allí se puede parquear. La manos que agitan el trapo rojo están ennegrecidas y sus uñas son gruesas y largas; ennegrecidas como su pantalón, camiseta y un chaleco de motociclista seguramente encontrado en la misma calle; la barba, canosa es de varios días; las botas están lustradas, impecables como la oscuridad. Pasajeros y conductor bajan de una camioneta, sin reparar en Raúl entran a un restaurante. Raúl observa la camioneta mientras se echa el trapo sobre el hombro, va a la calle de enfrente y se sienta en una banca, «Ahí nos vamos yendo» dice en voz alta como si hablara al hombre que se encuentra sentado en la misma banca; el hombre lo mira y asiente con la cabeza. Llega otro automóvil, Raúl se levanta y repite su número; los pasajeros también. Raúl se vuelve a acercar a la camioneta y se apoya en la parte de atrás, mira algo dentro, el dulceabrigo en su espalda; parece cavilar un rato y cruza la calle para sentarse junto al hombre que escribe «¿Está estudiando?» «Sí» Responde el hombre «¿Qué estudia?» «Literatura» «Qué bueno, muy bueno, ahí nos vamos yendo… debe ser difícil» El hombre se encoge de hombros y continúa escribiendo «Ahí subieron los instrumentos» dice Raúl; el hombre lo mira y por no ser grosero, pregunta «¿Qué instrumentos?» «Una batería, guitarra, violín… allá a esa casa; ellos ensayan cada ocho días» Su aliento tiene un dejo casi extinto a licor.

Los de la camioneta salen del restaurante y Raúl corre a su encuentro, le hace señas a un niño mientras el conductor pasa cerca de él sin determinarlo y sube al asiento. Raúl espera. El conductor se toma su tiempo; para él, Raúl parece no existir como un ser, un ente, sino más como una presencia que logra ubicar en el espacio; baja un poco la ventanilla (es su parte del acto, un ritual acordado por gusto o no) y saca la mano. Raúl, por orgullo o por ser parte de su papel, decide no mirarlo, se concentra en la mano y toma las monedas que hay en ella. La camioneta arranca. Raúl las mira y las mete en el bolsillo de su pantalón; todavía no sabe cuánto ha recogido, prefiere la sorpresa al final de la noche. Tose una tos flemosa. Recorre la calle a la espera de un próximo automóvil que no aparece. Se sienta junto a un local «Ahí me voy yendo» Se repite a sí mismo como si fuera un credo, algo a lo que se aferra y necesita creer. Cruza las piernas y piensa, parece que algo lo agobia. Un bostezo se topa con la palma de su mano. Busca a alguien en el local como si deseara que se acordara de él; el olor de la comida lo inquieta.

{Tres miradas}

¿Cuántas veces hemos pasado junto a alguien y nos causa curiosidad su manera de vivir? Deseamos conocer sus pensamientos, sus angustias; todo lo que está oculto tras su carne, en lo profundo de su corazón y de su mente. En ocasiones, si logramos hablar con esa persona, sus sentimientos y experiencias surgen en la conversación como un acto reflejo de la psique. La mayoría de las veces nada de esto es posible porque pasamos de largo sin percatarnos de los que nos rodean; flotamos en una burbuja que nos aleja de la contemplación. Cuando no logramos detenernos pero nos entra la intriga y nos tomamos el tiempo, queda especular, o soñar si se prefiere el término. Esto último fue lo que me sucedió: soñé con una situación en alguien; tomé unos pocos fragmentos de su “realidad”, creé una historia y la narré desde diferentes puntos de vista. Son miradas parciales y convergen a una misma idea pero intentan acentuar rasgos diferentes.

jueves, 12 de marzo de 2015

velada íntima

«¿Te lo muestro?» Dice ella casi entre sueños, arrullándose con sus propias palabras, apoyada la cabeza sobre el pecho de él que la mantiene en un vaivén somnoliento. «¿Te lo muestro?» Repite con un tono pícaro, su voz arrastrada mientras alarga pesadamente el brazo buscándole la cabeza para asirse a su cabello.

Él aspira hondo, un pitazo al cigarrillo, deja que se llene su boca con el humo, lo expulsa sin expulsarlo, la boca abierta y el humo escapa, pero quiere permanecer junto a ellos como un venenoso espectador pálido de la conversación. Da otro pitazo y esta vez expulsa con fuerza para ahuyentar al voyeur diáfano. «Claro» Responde tosiendo y ocultando su boca tras la mano «De vos quiero conocerlo, verlo todo».

domingo, 8 de marzo de 2015

mi compañera

Eres mi compañera, la que elijo siempre con amor
eres la que me quita la cordura
cuando te alejas, para mí es pura torura
y al volver tú, llega contigo mi razón

El camino es largo al viajar solo
la estadía tediosa estando solo
Se me inunda el alma de amagura
al saberme extinto en tu corazón

Soy el compañero que elegiste
soy el que andará a tu lado este camino
seré tu apoyo y guía cuando me necesites
Te confieso: Espero no alcanzar nuestro destino

Deseo seguir viajando contigo
entre alegrías, tristezas, mundos reales o inventados
Y cuando tengas frío darte abrigo
o cuando tu corazón tenga calor ser yo el testigo
de su maravillosa desnudez arcana
y aprovechar y alimentarme del amor que emana
y cubrirlo luego con el mío
así este amor será tuyo y mío
por siempre, hasta que nos venga en gana
hasta que estemos acabados

viernes, 30 de enero de 2015

cuento [fragmento_tratamiento]

¿Cuántas veces le advertirían sobre los peligros del monte? Unas veinticinco, mal contadas. Veinte su madre y otras cinco su padre, sí, porque él era callado aunque la miraba siempre con amor, y las cosas se las decía con su vozarrón que la arrullaba. Se lo dijeron tanto, y tanto y tanto y tanto, que al final dejó de prestar atención y las palabras lo único que produjeron fue un entumecimiento en su cerebro con la repetición, de manera que las frases perdieron su destino. Hay que darles el beneficio de las primeras tres a cada uno, pero luego ella se abrumó y debido a su naturaleza impaciente, impulsiva, simplemente dejó de entender porque así lo dispuso. Porque a ella, la de los ojos tan oscuros y tan brillantes tanto en la noche como en el día; a ella, de cabellos finos y tostados, y de sonrisa que ocupa medio rostro; a ella sólo le interesaba descubrir el mundo, únicamente eso, porque su corazón se lo susurraba cada noche, cada mañana al abrir los ojos y percatarse de que quien miraba hacia el techo era su alma, no otra, y entonces su corazón —con latidos suaves primero y luego rápidos— le imploraba que se atreviera a ir más allá de la empalizada. Se lo dijo a su madre, que al escucharla supo que nada la detendría porque la conocía como a sí misma, era verse décadas atrás; su hija era su extensión,  una estela que por serlo, no era menos intensa que el núcleo que la engendró; continuaba siendo la misma esencia. La madre, luego de varias noches en vela, decidió contarle al padre quien conocía los peligros que acechaban más allá de los límites de la casa, unos límites que él había extendido con todo el sudor de su juventud, todo excepto el que se le derramaba por las noches junto al de su mujer en la intimidad.

lunes, 19 de enero de 2015

náufrago

Abro los ojos en la hora en que la mayoría de los que ambicionan con algo
se alistan para alcanzar sus sueños de a poco
de a día
me revuelco en la cama y escucho los primeros vehículos rugir
escucho las carretas sobre un asfalto que les niega tranquilidad
busco el sueño, pasmado como quien tiene demasiadas preocupaciones
o como el que ya no tiene ninguna y espera su turno
Sin notarlo, caigo
las carretas, la gente, avanzan.

jueves, 8 de enero de 2015

Extraviado

Aquí estoy. En medio de nada, en el interior de un país sin nombre; un lugar en el que se extienden cultivos a este y oeste, en el que la única certeza es un sol que vierte odio sobre mí. Lo demás se va creando conmigo; la carretera que divide la planicie, generada, en la tierra estéril, por las toneladas sobre el caucho que viajan y dejan únicamente un recuerdo polvoriento con su paso apresurado; los árboles que se asoman, de aspecto milenario, sombrío, y contemplan el mundo y su degradación. La extensión es infinita, irreal. Sigo el camino creado por la civilización; me pregunto qué llevarán las volquetas a cuestas en una zona en la que sólo parecen existir cultivos triviales, básicos para la subsistencia y me pregunto dónde está el dueño de cada plantación porque la presencia humana, aparte de mí, es nula, incluso en los vehículos que no tienen descanso y se dedican a pasar de manera monótona, viciada.

Sigo en solitario, sin buscar un destino específico mas sí una salida de algún tipo. Los pasos me acercan a una encrucijada. El sol es ahora cosmético. En la tierra árida se imponen los árboles, inmensos, con tanta existencia en sí mismos que lucen indiferentes ante la vida y la muerte; sus ramas se abrazan, se unen y simulan una noche de luna menguante en la que las sombras no dejan morir completamente los detalles. Te telefoneo desde allí y te cuento de este lugar, de cómo los troncos se alzan imponentes y no permiten que nada los intimide; que los árboles emanan presencia y no sé explicártelo; y te digo que los fotografiaré para ti, que luego te los mostraré, y con eso te miento; te digo también que me encantaría que estuvieses aquí, pero me guardo la razón.

El camino me da tres opciones, porque el retorno nunca fue la cuarta. Da igual cuál escoja. Saco un mapa de mi bolsillo; me ubico en él, me doy cuenta de que estoy en un valle africano, en una nación que no existe. Estoy perdido. Si pudiera despertar en este instante, no conseguiría regresar, no encontraría la salida que ahora dudo si busco; una parte de mí permanecerá extraviado en esta encrucijada en la que seguir una dirección significa errar hasta el infinito, o en la que quizás no habrá más que esto. Una parte de mí permanecerá extraviado, la parte que no pudo despertar, no pudo, que no pudo escapar; esa parte de mí que te escribe esto, para que sepas que no te olvido a pesar del espacio y la distancia que aquí no existen ya; desearía enviarte una fotografía de esos seres que no me juzgan, que sólo parecen mirarme sin curiosidad mientras no me decido.

jueves, 25 de diciembre de 2014

fragmento [en_proceso]

Mi mamá quiere mucho a mi hermanito, y mi papá. Yo también lo quiero, pero él de mí no se deja. Cuando está jugando yo me le acerco; yo quiero abrazarlo y darle besos como hace mi mamá con él, y acariciarle la cabeza con la mano, como peinándolo; yo me le acerco y ahí mismo se pone a llorar. Mi mamá se enoja conmigo por eso, pero yo no hago nada malo, yo creo que no hago nada malo, si solo lo quiero acicalar como hace ella; entonces me dice que lo deje quieto y ella se le acerca y comienza a hacerle mimos, los que no me hace a mí y le quiero hacer yo a él ¿Por qué no me los hace a mí? Doña Graciela también se los hace a Anita. A él le habla bonito y le da picos en la frente, en cambio a mí me habla como si yo fuera el niño que hace mandados, que le dice haga esto y aquello, aunque a él le da las gracias. A mí no. Mi hermanito es muy consentido; me gustaría ser consentida, que mi mami me cepille el pelo… como doña Graciela se lo cepilla a Anita; yo a mi muñeca la peino pensando que soy mi mamá, entonces ahí mi muñeca se llama Sandra como yo, Sandrita le digo, aunque para los demás es Marta, que no tienen que saber. Le doy besos en la frente y le canto para que se duerma; no la dejo sola hasta que se duerma, así como mi mami hace con mi hermanito. También la visto con ropa muy muy bonita que le hace mi papá; él es… es… él hace ropa y la gente se la compra porque le queda muy bien y porque huele muy rico; como él. Pero la que le queda mejor es la que hace para mí y para Sandrita porque la hace con mucho amor; eso me lo dice al oído pasitico. Yo casi nunca lo veo; cuando lo veo, es de noche; él entra y yo voy y lo abrazo y él me levanta, me da un beso en la mejilla y me baja; mi mamá mira desde el corredor con los brazos cruzados. Siempre está cansado, yo sé porque él le dice mucho eso a mi mami y porque sus ojos están igualitos a los míos cuando me miro en el espejo al levantarme muy temprano para el baño. Es muy serio pero yo sé que me quiere porque cansado y todo me abraza y me da vueltas y vueltas en el aire y yo me río mucho; y cuando me habla, él me mira, siempre me mira y a veces se sonríe, pero cuando está mi mamá, ya es como si yo no estuviera ahí. Ella casi nunca me mira cuando me habla, en cambio a mi hermanito sí; cuando le da compota, cuando lo viste, cuando lo peina después de bañarlo… Entonces yo no sé ¿Será que mi mami sí me quiere? Si no fuera siempre tan brava conmigo, le preguntaría. Yo quiero que me quiera, pero yo no sé cómo.

jueves, 13 de noviembre de 2014

Aberrante

¿Qué te digo? Simios, objeto de experimentos en un barco en alta mar; su piel se deshace, la carne desaparece; chillan de dolor. Mientras eso sucede estoy contigo en una habitación. Y tu hermano. Solamente los tres. La habitación es blanca, carece de objetos que la adornen. ¿Quién creyera, eh? No sabía que tenías un hermano, pero ahí está, con nosotros, desnudo, y vos también, como llegaste al mundo, pero sin el líquido viscoso que te envolvía en ese entonces; y bien formada ya; con tus senos delicados, discretos, con un vientre que se amontona de pecas y con los labios de tu vulva protegidos por una vellosidad oscura tirando al rojo que muere en la brasa al final de la madrugada. Ahora los simios sufren una transformación prevista, y se vuelven contra el mundo, contagiados con rabia. Me pedís que te deje sola con tu hermano ¿De dónde salió él? No tiene la capacidad de hablar, su cuerpo está cubierto de pelusa marrón, su cabeza es más grande de lo normal, me decís que él es especial; los dejo solos. En las montañas, aves comen los excrementos de los simios, que cubren por completo la hierba; extienden el odio con su vuelo. Después de un rato, atravieso el corredor y te miro a vos y a tu hermano desde la puerta. Su cabeza, peluda y calva al mismo tiempo, sobresale de entre tus piernas; tus ojos se cierran en un disfrute doloroso, húmedo por el placer de la culpa. Pienso cómo voy a estar con vos luego de presenciar eso. Al acabar, te me acercás y me tomás la mano, guiándome, con la intención de buscar más satisfacción, esta vez a costa mía. Me dejo llevar por la cadencia de tus caderas.

martes, 21 de octubre de 2014

Elección

Caminar con vos bajo un cielo indeciso, bipolar, gris manchado de azul que derrama sudor frío sobre nosotros; charlar, recorrer las calles angostas “como de pueblo” decís; visitar los recuerdos de una época en la que la timidez se ocultaba en el ginebra y la noche se convertía en un pacto de lujuria disimulada. Discutir la vida sobre el asfalto, ver pasar las casas adornadas con espectros y arañas gigantes en sus balcones; olvidar el mundo, apoderarnos del tiempo abrazados por la fría brisa de octubre. Ambos deseamos al unísono el pitazo de un vicio abandonado, no olvidado, añoramos el gusto amargo del tabaco en nuestras narices al salir el humo.

Caminar con vos por una calle de barrio, disfrutar tu perfil, observar tu boca colorada realizar acrobacias sobre tu mentón; analizar los cambios en tu expresión, haciendo conjeturas de lo que se gesta y muere constantemente en tus pensamientos; ver tus ojos invocando felicidad más allá de las montañas, donde el azul se tiñe de un rosa apenas perceptible que identificas fácilmente como a cualquier color engañoso que se cruce en tu mirada.

Alguna vez me dijiste que quizás caminaríamos separados, viéndonos a la distancia, buscándonos en la ilusión. No quiero eso; prefiero estirar el camino en tu compañía, alejar el destino de nuestros pies así como se aleja la eternidad en el tiempo cuando nos vamos juntos por la ciudad y charlamos de nosotros, de lo que nos importa.

martes, 23 de septiembre de 2014

cuento [tratamiento#3-fragmento]

Tenía que apoyarme a las paredes; el piso parecía un puente colgante azotado por una ventisca, mis pies se deslizaban, ausente la fricción, las piernas se doblegaban, amenazando con desfallecer. Mis pasos eran cortos y dubitativos. El sonido acelerado de las cuchillas revolucionadas se incrementaba, inundando el corredor con un gemido metálico; anulaba cualquier idea que pudiera gestarse en mi cabeza. Le grité a K para que acallara el estruendo, pero mi voz se desvanecía al rozar los labios. Iba despacio, acercándome por fin a la cocina. El estrépito murió.

Bajo el umbral de la puerta, comencé a temblar. Lo que tenía en frente me causó horror; sentí náuseas. K estaba en la mesa de la cocina, con un brazo metido en el vaso de la licuadora. El contenido del vaso era su carne despedazada; la sangre contaminaba su rostro, adornaba las paredes y el techo, como un remedo cruento de un cuadro expresionista abstracto. Ella me miró y encendió la licuadora con su brazo adentro. El vaso arrojó más grumos de sangre; le grité que parara, en vez de hacerlo, aumentó la velocidad del motor. Me acerqué a ella y caí de rodillas, aferrándome a su vestido; le rogué que la apagara. Le pedí perdón, llorando. Alcé la vista hacia ella, que no cedía en su acción. Su rostro despedía, hacia mí, un reproche escarlata.

jueves, 18 de septiembre de 2014

La luz de tu habitación

La luz de tu habitación está siempre encendida
esperando ansiosa tu llegada
encendida toda la noche y madugada
hasta que se me agote la vida

Nadie jamás podrá habitarla
nadie ni nada, excepto tu alma
Hasta que no vuelvas, vida mía
tu habitación se mantendrá vacía
y la luz de mi corazón seguirá encendida

viernes, 22 de agosto de 2014

martes, 12 de agosto de 2014

Sobre la voluntad

Cierre los ojos. Imagínese otra vez siendo un niño. Recuerde esa época en que todo era más fácil –más fácil. Sólo había inseguridades que nacían del silencio o del regaño de los papás; la necesidad, apenas latente, cultivada desde ese estado, de encajar y de agradar a los demás; los miedos que se gestaban en las mañanas, evolucionaban en abominaciones nocturnas y destruían el sueño–. Mire por la ventana, ahí están sus vecinitos jugando; lo inunda el ansia por salir y estar con ellos. Ese era un sentimiento que abarcaba toda la vida; la impaciencia, el desespero por verlos afuera montando una bicicleta, pateando una pelota, saltando un lazo, o simplemente corriendo. Y gritando. ¡La libertad que se sentía al realizar esas actividades! Inefable. Entonces usted va donde sus papás y tímidamente les pide que lo dejen salir; la cabeza gacha. Recuerde que tiene los ojos cerrados y está viviendo honestamente estos acontecimientos. Ellos, sin siquiera mirarlo –porque andan con sus cosas de adultos–, le dicen que no, ya sea por la hora, o porque hay deberes por hacer, o por lo que sea. ¿Recuerda el sentimiento que lo embargaba? Ese golpe en seco que destruía sus deseos y anhelos –anhelos ingenuos–. Era terrible; los ojos se llenaban automáticamente de pequeñas lágrimas y la boca comenzaba a temblar; el cuerpo abatido. Mira una última vez por la ventana, la libertad del exterior, la libertad negada, y en ella los niños casi llamándolo con sonrisas burlonas, olvidándose pronto de usted. Una última mirada antes del regaño.

Ahora bien, sus vecinitos, en realidad, no quieren jugar con usted. Sólo pasan frente a su ventana y lo suelen mirar con una desdeñosa sonrisa guasona; luego lo olvidan. A pesar del rechazo, usted quiere ser su amigo. Y no le es posible, porque para lograrlo, debe estar con ellos, jugar con ellos. Mantenga los ojos cerrados y mire hacia abajo, ¿se da cuenta? Sí, lo único que puede hacer es contemplar el exterior, soñando. Y despertando constantemente. Siempre va a ser así. Día tras día. Hora tras hora. ¿Duraría su voluntad intacta? Es difícil saberlo, porque el tiempo golpea su coraza; el tiempo y los pensamientos; cuando la alcanzan, comienzan a lastimarla con cada roce, y con ella, a su propia vida.

Usted ve pasar un mundo por la ventana dentro del suyo de tres por tres. Su voz se desvanece porque no hay a quién hablarle; se convierte en un hilillo monosilábico que envuelve únicamente a sus padres. Pasa el tiempo pensando. Ha olvidado a los vecinitos. Los años muelen su cuerpo. Su cabeza se atiborra de ideas que no tiene cómo expresar. El anhelo se volvió resignación, pero siente la necesidad de que mute en algo más y no sabe cómo. Piensa que tiene mucho para dar ¡y falta tan poco! Ahora se transforma en desespero – ¡Tan joven!–. Hora tras hora. Día tras día. No quiere que termine de esa forma. Desea algo más.

lunes, 21 de julio de 2014

Feliz viaje

A Yhorman Gelvez.


Había una tienda ubicada al lado de una autopista que parecía atravesar al mundo en el que me hallaba. El sol permanecía estático, casi tocando el cénit y una brisa arrastraba lejos su furia, dejando sólo un brillo estético tras la caricia marina. Pedí un cigarrillo; la llama del encendedor se mecía y comenzó a consumir los primeros trozos de tabaco y papel cuando le di un pitazo fuerte, queriendo succionarle la vida. Los ojos cerrados.

Desde el sur –desde donde yo había llegado–, sentí un zumbido suave; se incrementó de a poco y se sostuvo un momento que pudo ser toda una existencia, luego aumentó y se convirtió en una mancha color naranja perlado que se materializó en un aventador, y paró frente a mí, en el camino. Me miraste con tu cara redonda y sonreíste. Boté el cigarrillo y me acerqué.

Hacia el horizonte, al oeste, una extensión infinita de tierra. Y más allá, el mar; lo sabía porque escuchaba a las olas atacar las rocas unas veces y acariciar la arena de la playa, otras. Hacia el norte, un valle, tu destino. El polvo se levantaba arremolinado entre zumbidos. Te pregunté para dónde ibas; me dijiste que atravesarías grandes campos primaverales en los que la luna es tan brillante como el sol y su luz tan perfecta y delicada, que puedes ver las estrellas titilando, como pequeños corazones resplandecientes, agitadas por la negrura de su soledad inmediata; también mencionaste angostos caminos serpenteantes, rodeados por árboles cuyas hojas caídas ocultarían tu destino bajo un sol otoñal; y mares tan cristalinos que solamente la sensación de frescura en tu cuerpo indicarían que te sumergiste en ellos, porque a simple vista, los peces parecen exóticas aves tropicales de bajo vuelo. Finalmente me hablaste de un lago gélido al final del mundo; un sitio tan callado, apacible, que ni el agua se atreve a murmurar cuando lleva a cuestas la escarcha derramada por los glaciares; un lugar, donde me dijiste, pensabas encontrar un poco de paz.

Te miré una última vez y te envidié ¿Sabes? Quise ir en el auto contigo, pero era un monoplaza, además, aún no era mi momento. Aunque sé que no lo necesitabas, te deseé suerte en tu viaje; yo sabía, con toda seguridad, que no la necesitabas. Aceleraste y un rugido hizo temblar el aire. Arrancaste, mirándome con tus grandes ojos oscuros y tu cabello bien peinado, y te llevaste al sol contigo descubriendo un cielo oscuro, vacío, a tus espaldas, sobre mí; dejando una estela de silencio que se prolongaba en todo el espacio que ibas abandonando.

Lamenté tu partida, añorando. Levanté mi mano para despedirme, a pesar de que no la verías. Te deseé paz.

jueves, 10 de julio de 2014

... mientras un beso alcanza al espejo

No puedo vivir sin ti, cariño
sí podría, pero es una opción que prefiero desechar
¿sabes por qué?
porque eres especial, muy especial
Esperarme por horas horas horas
darme ese regalo que consideras único,
un trabajo artesanal,
producto de pernoctar
una obra maravillosa que irá a parar a un desván
(como mucho)
Un obsequio que me da felicidad por cinco minutos,
porque, bueno, debo ir a hacer lo mío
tú me entiendes ¿verdad?
Me entiendes, claro que sí
porque conoces mi mundo
(eso es lo que crees)
sabes lo atareado que puede llegar a ser
estoy aquí, luego debo ir allí,
firmar contratos por docenas
viajar por todo el mundo y sufrir el terrible jet lag
Tú me comprendes y sabes cómo soy,
pero no te importa
Te lo repito, cariño
eres especial
como tantos otros que se desviven por hablarme, escucharme
por tocarme
y te necesito (no)
no es a ti realmente
a tu atención,
estar siempre en tu mente
es una droga que me atrapa;
así no te conozca, y te confieso:
no me interesa hacerlo,
porque no estás a mi altura
No sé si eres hombre o mujer
no me preocuparé en averiguarlo
Nunca lo haré
De ti sólo me interesa el fanatismo que me profesas
eso que llega a ser enfermizo,
qué más da
lo importante es que compartimos la misma obsesión:
el amor por mí.
Sueñas con estar conmigo, con ser yo;
no despiertes, es mejor para ambos, porque
tú vives de ese sueño
mientras yo lo vivo a diario,
y los dos estamos bien así.
No me olvides.

martes, 24 de junio de 2014

Un viernes cualquiera [en_proceso]

«Espérame aquí».

«Pero quiero ir contigo».

«No, mi vida, quédate aquí que no tardo; en veintiquince parpadeos regreso».

«No me quiero quedar solita, mami».

«Mi vida, es peligroso por los carros, quédate aquí y cuida la cartelera para que la gente la vea…».

El carro arranca y mi nariz dibuja una raya grasosa en la ventanilla; yo no escucho lo que dicen y tampoco les entendería porque ellas hablan otro idioma; eso me dijo mi papá, que tienen la lengua diferente, ¿será como la de las culebras? Pero no importa qué idioma hablan porque estoy segura de que la mamá le habla bonito a la hija, como mi mami a mí.

Antes no estaban. Entonces cuando el carro paraba, yo jugaba a parpadear hasta que la luz roja se apagaba y se prendía la verde: a veces se demoraba veintiquince parpadeos y otras treceyocho y así. Después aparecieron ahí sentadas con una cartelera como las del colegio y desde entonces, cuando la luz roja está encendida, la mamá se para y pasa por los carros y algunas personas le entregan algo, pero mi papá no, él se queda mirando hacia el frente como si ella no estuviera ahí estirando la mano y yo hago lo mismo cuando me pasa cerquitica por la ventanilla, como jugando a las estatuas, y la niña se queda sola y a veces llora y le salen mocos como a mí y la mamá se devuelve y la abraza y la limpia con la falda sucia, y a mí mi mami no me deja tener la ropa sucia porque cuando se ensucia, ella se enoja y me la cambia regañándome, pero la niña tiene la falda sucia y también la cara y la mamá la abraza y le da besos en la frente. ¿Será que ella quiere más a la hija que mi mami a mí? Y siempre las veo allí; entonces un día le pregunté a mi papá por qué están ellas dos ahí cuando pasamos, y me dijo algo que tiene que ver con que la tierra se había desplazado y se rascó la cabeza como cuando yo no le entiendo a la profesora, y se puso a hablar por teléfono así que ni le pregunté por el papá de la niña porque debe saber menos que yo.

Miro por la ventana grande de atrás a la señora abrazando a la niña y arreglándole el pelo; se están volviendo chiquitas como puntos y sigo sin escucharlas, pero la niña le debe estar diciendo a la mamá que después de cenar quiere ir al centro comercial a comer helado, porque ¿qué más se quiere un viernes? Eso es lo que me gusta hacer los viernes. Aunque antes tiene que lavarse la cara y cambiarse el vestido por uno limpio. Yo no he visto niñas sucias en el centro comercial.

martes, 20 de mayo de 2014

prueba [tratamiento#2]

¿Cómo se lo explico? ¿Usted ha sentido que le rasgan la garganta en vertical? ¿O que le arrancan el estómago? No, no como un dolor normal o un cólico, es una sensación de vacío ahí donde debe ir el estómago ¿Ha sentido que su corazón no aguanta más y se va a parar? Pero no por cansancio, no es eso, es una ansiedad que lo golpea, que lo lastima y lo siente agitado y, si se mira las manos, las va a ver temblorosas aunque realmente no lo estén; se lo aseguro. Es una frustración que se le quiere salir de un grito, de uno que no se acabe nunca, porque usted no quiere que ese grito termine, quiere morirse con él porque sabe que si no se muere en ese instante, se larga a berrear como un niño de brazos y ese lloriqueo aumenta la frustración, el vacío, la impotencia por la nada; usted de veras añora que ese grito no termine porque cuando suceda, va a querer ir por una pistola para pegarse un tiro, o amarrarse una soga en el cuello. Se lo aseguro que no quiere que se acabe, ni siquiera que comience, como a mí, que ya se hizo inevitable y ni tengo soga o pistola, pero sí un balcón que me está invitando a saltar; se hizo inevitable porque cuando termine de hablarle, no me va a quedar nada más: esto es lo último, lo único. Entonces esto es algo así como una despedida, y le tocó a usted.

Lo lamento si le molesta o si lo hace sentir mal, créame, no es mi intención, usted nada tiene que ver, pero no hubiera podido encontrar alguien mejor para desahogarme; usted, la persona perfecta, la víctima si lo quiere ver así. Y de verdad lo siento, pero es el riesgo de toparse con extraños. No, no es necesario que intente hacerme hablar de más, no es su obligación ni mucho menos, usted no se preocupe por eso; le prometo que no lo hago responsable de lo que suceda porque ¿qué culpa tiene de estar en estas? Nadie podría culparlo; aún si partiera ya, nadie podría hacerlo, yo dejaría por escrito que nada tuvo que ver… si tuviera cómo. Se lo aseguro. ¿Tiene pluma y papel?

miércoles, 14 de mayo de 2014

cuento {sintitulo(aun)}[tratamiento#4-fragmento]

La aguja se zarandea y palpa delicadamente entre los surcos, cada sima, cada pico. Acaricia con gentileza el vinilo y lo descifra golpe tras golpe como leyendo en braille. Viaja estática en una espiral descubriendo la historia de una veleta que se carcome en el olvido. Y la historia, entre cuasi imperceptibles siseos, se apodera apaciblemente de las habitaciones dejando el rastro de la brisa mediterránea que estremeció a la veleta y luego la corroyó con su ausencia. El sol irrumpe a tientas por entre las celosías y expone de manera mediocre, un regordete sofá de terciopelo verde –ajado y moteado por los inexorables hábitos de un felino– que disimula su cojera con un pequeño arrume de revistas y libros de bolsillo; al frente, un pequeño televisor gris que descansa sobre un mueble sostiene detrás suyo, como un par de cuernos metálicos que se yerguen dubitativos hacia el techo en un ángulo obtuso, una antena doble de aire rendida al ajetreo en su juntura, por la mala recepción de la señal. Bajo el sofá que descansa frente al televisor, bajo la mesa magullada y polvorienta e impregnada de refresco y leche seca y llena de revistas rasgadas con artículos triviales que está entre el televisor y el sofá, y bajo el mueble improvisado que sostiene al televisor, yace una alfombra del color sucio del invierno de la que se desprenden infinitas partículas diminutas excitándose ocasionalmente con el compás de los graves.

lunes, 5 de mayo de 2014

Tautología de una madre


Agosto 15 2012.

Esta semana volví a soñar con usted mijo, y desde eso me siento otra vez en la sala cuando termino los quehaceres en la casa, me siento a tejerle un saco que llevo por la mitad. Ya no sé cuántas prendas le he tejido esperando a que venga por ellas, así sea para eso no más que vuelva.  Me quedo tejiendo hasta las doce más o menos y de cuando en cuando miro por la ventana, casi segura de que no lo voy a ver allá afuera pero no se me muere la esperanza de que de pronto esté usted por ahí; no de que vaya a tocar la puerta pero que de pronto esté cerquita mirando para acá con ganas de venir a saludar o de volver para quedarse.  Su papá antes se molestaba mucho porque me quedaba hasta tarde tejiéndole; usted sabe cómo es él, orgulloso, como usted, salieron igualitos; pero a él el corazón se le ablandó mucho y lo he visto pararse en la puerta mirando hacia todos lados. Yo sé que buscándolo. Y hubo un tiempo en que salía dos o tres veces a la semana para el centro, por la zona donde duermen los vagabundos, lo sé porque Amparito, la mujer de don Tulio lo vio varias veces por esos lados y me contó; me contó que se la pasaba por allá horas y horas dando vueltas y hablando con mendigos y mostrándoles lo que, piensa ella, era un foto suya. Eso sucedió en la época en que Francisco, el primo de Rubi lo vio a usted, mijo, o eso dice él, que lo vio todo andrajoso durmiendo en una acera hace dos años ya. Él contó que al principio no lo reconoció pero que le resultó familiar, y luego se acordó de su cara, pero como iba en bus apurado para el trabajo, no tuvo manera de devolverse. Su papá lo quiere mucho a usted y no lo olvida ni por un momento, es más, últimamente se le nota más ensimismado y hasta amargado y lo veo muy desmejorado de salud  pero se hace el fuerte conmigo, ya le diré por qué. De verdad lo quiere mucho, no le quite la oportunidad de arreglar las cosas antes de que sea tarde.

Yo no sé cuántas cartas le he escrito ya, ni sé cuántas veces le pude haber repetido lo mismo entre una y otra, pero siento que debí hacerlo. Ni siquiera sé si llegue el momento en que usted lea esta carta o las demás, yo espero que sí y por eso las escribo, para comunicarme con usted de alguna manera, para que sepa que yo nunca lo olvidé ni lo voy a olvidar, que yo nunca voy a dejar de quererlo y que su papá tampoco. Pero más que esperar a que llegue a leer esto, espero que volvamos a vernos, que podamos volver a comer los tres juntos como una familia, que en esta casa se vuelva a escuchar una risa, se vuelva a sentir alegría porque ya se nos olvidó cómo es eso. Yo todavía le tengo la habitación como la dejó; vuelva con nosotros mijo, o llámenos, déjenos saber de usted que el desasosiego por no saber nada nos hace todo más pesado a su papá y a mí y se nos acaba el tiempo, y yo sé que nosotros le importamos, que usted no nos ha olvidado, yo no puedo desaferrarme a esa idea mijo porque si lo hago no me queda sino la amargura.

Yo no sé si pueda terminarle el saco ni sé si pueda escribir otra carta o sentarme de nuevo en la sala para ver si usted está por ahí. Mi salud está muy mala y sé que es grave, pero no he querido contarle a su papá aunque estoy casi segura de que él o sabe o se lo imagina y que por eso no me demuestra debilidad ni achaques. Yo voy a intentar terminarlo y las cartas se las voy a entregar a Luz Beatriz en caso de que usted llegue a comunicarse con ella. Si no puedo tenerlo cerca de nuevo en vida, sólo espero que cuando me esté yendo, pueda yo soñarnos a los tres juntos en el comedor desayunando el calentado que tanto les gusta a usted y a su papá y estemos felices una vez más, como antes. Lo quiero mijo, su papá y yo lo amamos.

Lo seguimos esperando, siempre.



Creación en conjunto con Eliana Jaramillo Gaviria.

Aparece en la revista Binarius de la Universidad EAFIT: http://bdigital.eafit.edu.co/binarius/binarius_3/index.html#/70/

Foto: Eliana Jaramillo Gaviria.

Todos los derechos reservados.

martes, 15 de octubre de 2013

cuento {tres_llamadas_perdidas}[tratamiento#2-fragmento]

Unos pocos rayos develaban tenuemente la palidez de la cantera que se ve desde el balcón, y en su puerta, reflejaban otros más débiles que golpeaban a León y lo bosquejaban entre las últimas sombras de la madrugada; se notaba vagamente el peso de las noches en sus párpados hinchados. El golpeteo mecánico de las picas y escodas, y el zumbar de la maquinaria no había comenzado aún. León solía disfrutar esa melodía monótona que lo arrullaba luego de despedir a Esther para el trabajo; le gustaba acertar en los cambios del tempo de los golpes, previos a la hora de almuerzo y entre las cuatro de la tarde y el final de la jornada, cuando el agobio comienza a azotar la voluntad de los trabajadores. Hacía un tiempo que no caía en la cuenta de ello. Había perdido el interés.

Sentado en la sala, haciendo girar su celular sobre la mesa, escuchaba caer el agua en el baño. Debía de desprenderse de la ducha y golpear delicadamente los hombros desnudos de Esther, deslizarse sobre sus senos y sumergirse en su ombligo; bajaría por sus muslos, recorriendo todas sus piernas hasta morir en el desagüe, extasiada, como él.

viernes, 26 de julio de 2013

un adiós [07.26.2013.1943]



No necesité más amor que el de mi madre. Es verdad. No necesité más.

El de mi hermano lo disfruté el tiempo que lo tuve. Mi hermano… Él fue incondicional. Hasta que perdió la inocencia. Digo, sus ojos comenzaron a brillar por lo que encontró afuera de la casa y se opacaron acá adentro. Y se fue. No lo culpo. Cada quien hace lo que debe. Él es él y no lo culpo.  Es como si nos hubiera perdido el amor…dicen que las cosas pasan por alguna razón... O simplemente le cambió; no sé. Tal vez se perdió la incondicionalidad de lo que es un amor de hijo, un amor de familia, qué se yo. Como sea, no importa… imagino que tenía que pasar... No dejará de ser mi hermano. No… fue mejor así, retener a la gente es… Espero que algún día vuelva; que se acuerde de.

Mi mamá… ¡cómo no amarla! Cómo no adorarla. Cómo no sentirme culpable por verla acabarse con cada día que pasaba, con cada amanecer, con cada necesidad mía. Cómo no sentir ira conmigo por verla a mi mamita tan adorada desgastándose por mi culpa. ¡Ella sola!… por mi culpa. Mi mamita, tan adorada, ¡tan fuerte en su fatiga! Nunca quise que pasaras por tanto tanto tú sola. Pero sé que lo has hecho, y que ha sido con todo el cariño, con todo el amor. Te lo agradezco, de veras que sí. Sé que lo veías en mi mirada ¿cierto?

Es difícil saberse condenado tan rápido y que se acabe todo tan pronto porque el mundo se limita y se va achicando. Porque se me volvió una miniatura de cuatro por cuatro y porque si hubiera tenido alguna posibilidad de agrandarlo, el tiempo sería insuficiente. Ya lo es; pero no estoy para quejarme. Ya acepté mi suerte y estoy tranquilo porque disfruté lo que tuve y porque por fin, en medio de un dolor que espero no le dure para siempre, ella va a ser libre como se lo merece.

lunes, 6 de mayo de 2013

cuento [tratamiento#3-fragmento]

...
La hierba, la misma hierba; fatigada por un sol indolente en una supuesta tarde de julio. Fatigada y asfixiada bajo los pies descalzos y los porrazos de un balón deshilachado como el de otrora. Pero el sol no era el mismo; se sumía entre un brillo artificial y un firmamento afligido; era un sol postizo, como mi felicidad junto a aquellos que volvía a tener en frente y que solía frecuentar para evitar una reclusión infestada de estribillos sobre lo bueno y lo malo. Aparecían igual de idiotas y aún más torpes. Actuaban como autómatas, sin conciencia, parecían moverse por una desidia difícil de definir; sin carácter, como antes. Con estos como con los otros, intentar jugar se convertía en un ruego constante y colérico. Deseaba hacerlo pero el deseo se menguaba por la lentitud de mis movimientos; eran pesados y lograba recorrer muy poco en un campo interminable. Me sentía angustiado, cansado. El sol comenzó a derretirse con un grito de tía Luisa; lagrimeaba chispas que flotaban en el ambiente y que caían, casi arrullándose, hacia la hierba. Permanecí extático observando las centellas caer y fundirse tímidamente en la grama mientras el alarido se estiraba garabateando mi nombre...

sábado, 30 de marzo de 2013

epiphanīa [tratamiento#2-fragmento]

...En su interior un espacio inagotable se colmaba de árboles otoñales, pétreos, como una extensión de sí mismo que surgían del ocre estéril y subían a refundirse en su propia corteza los más cercanos a ella o a perderse en la infinita lobreguez los más lejanos. De los troncos sobresalían, como queriendo escapar, rostros que parecían soportar el peso eterno de sus vicios y faltas; un dolor incurable surcaba las facciones de algunos mientras otros se exhibían estoicos en su reclusión perpetua. El suelo se enmarañaba con las raíces que brotaban de sus entrañas, serpenteantes, sofocadas, obstaculizando la marcha...