jueves, 4 de diciembre de 2008

epiphanīa {RZR:17.08.1989->28.11.2008} [dŏlus, funestus]

A Juan José Arango [AKA] Razor [AKA] Striga.

"LEGE7VD - Bless this night with tear, for I have none I fear."

You take the elevator to the top / The next thing you know
There you are standing on the edge / The circumstance it turns you inside out
So we can have peace / Before you find out what's inside your head
And all the flashing lights and futile cries / They're left with you now
Just close your eyes and take that final step

Me fue otorgado un deseo; cualquier cosa que yo quisiera y escogí hablar una vez más con él.
Aparecí en un templo antiguo cuyas paredes eran gigantescos árboles petrificados que se contorneaban y se entrelazaban entre sí como abrazándose o como si bailaran una macabra y retorcida danza; y en ellos, imágenes de rostros sobresaliendo de sus troncos como si fueran presos de alguna maldición; algunos parecían sufrir un dolor intenso y lucían como si pidieran ayuda, otros simplemente aparecían impávidos ante su encarcelamiento, aceptando una eternidad desventurada. Este templo era un salón colosal sin ventanales, sin habitaciones, sin una forma concreta, con velones gigantescos a cada lado y su suelo era muy irregular, imagino que debido a las raíces de los árboles.
A mi lado aterrizó un gran búho, de unos dos metros y medio de altura, de mirada siniestra, y en sus alas, lo que parecían ser garras eran realmente manos. Así, no era completamente un búho, pero sí en su mayoría. Este ser que hacía la vez de guardia -como aquel que va escoltando a quien visita a un preso-, me señaló hacia un lugar dentro del templo del que no me había percatado: Una roca tallada en forma de bloque que parecía ser un altar de sacrificios, y detrás, un monolito de un bubo bubo de seis metros de altura, suspendido en el aire y en posición de ataque, dirigiendo su mirada -aún más amenazante y funesta que la de mi escolta- hacia el altar. Caminamos hacia ello, y al llegar, nos detuvimos.
Acostado en el altar se encontraba aquel con quien deseé hablar de nuevo, con los ojos abiertos y mirando hacia la nada, como solía estar normalmente. Me miró por un momento sin pronunciar sílaba, y dirigió de nuevo su mirada hacia ese infinito que parecía absorberlo. No fui capaz de decir nada por un largo rato; esperaba que él lo hiciera, que me explicara la razón de su acto, pero no sucedió.

Finalmente le hablé.

- ¿Por qué? 
- ¿Para qué saberlo? -me preguntó, sin dejar de mirar hacia un cielo inexistente
- Porque no encuentro una razón para que sucediera
Volvió a mirarme, inexpresivo. Sus ojos lucían secos, sus iris tenían un color opaco que evitaban cualquier reflejo y sus retinas se encontraban completamente dilatadas.
- Tal vez tus razones no sean las mismas razones que yo tuve -dijo, volteando de nuevo su cara 
- Eso te lo otorgo, pero aún así no he obtenido respuesta. ¿Cuáles fueron, entonces?
- ¿Qué importa?, ya pasó; el descubrirlas en este instante no va a cambiar la situación, ¿cierto?
- Y si hubiera preguntado antes o hubiera estado antes, ¿Podría ser todo diferente? ¿Hubiera podido evitarlo?

No obtuve respuesta.

Me sentí impotente ante la situación, sin una salida, absorto, intentando resolver un problema que no tenía solución, intentando comprender un hecho que ya era irreversible y que había sido tatuado en mi corazón, llevándose un fragmento de mi alma en el proceso. Me di cuenta de que toda la conversación fue un intento desesperado de mi mente por tratar de responder preguntas que nunca serían contestadas.  Me alejé con mi escolta, y luego de caminar diez metros volví mis ojos hacia el altar; había desaparecido junto con el vampiro que posaba su mirada sobre mi camarada, sediento por su alma y con deseos de convertirlo en uno de sus prisioneros. En ese momento supe que no volvería a verlo ya más, y que no tuve la oportunidad de despedirme.

Aún recuerdo la vez que lo conocí en una tarde de domingo bajo el sol inclemente del verano; llegó a donde nosotros estábamos con la mirada indiferente hacia el mundo que lo caracterizaba, nos saludamos y conversamos el resto de la jornada mientras él intentaba deshacerse de un guayabo pero no lo logró. Al contarme fragmentos de su vida, es como si estuviera yo recordando los últimos años de mi mocedad. Lo estimé más por ello.

Él tomó su decisión y logró deshacerse de su agonía; obtuvo paz a su manera.

Sé que no lo volveré a ver.