lunes, 6 de mayo de 2013

cuento [tratamiento#3-fragmento]

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La hierba, la misma hierba; fatigada por un sol indolente en una supuesta tarde de julio. Fatigada y asfixiada bajo los pies descalzos y los porrazos de un balón deshilachado como el de otrora. Pero el sol no era el mismo; se sumía entre un brillo artificial y un firmamento afligido; era un sol postizo, como mi felicidad junto a aquellos que volvía a tener en frente y que solía frecuentar para evitar una reclusión infestada de estribillos sobre lo bueno y lo malo. Aparecían igual de idiotas y aún más torpes. Actuaban como autómatas, sin conciencia, parecían moverse por una desidia difícil de definir; sin carácter, como antes. Con estos como con los otros, intentar jugar se convertía en un ruego constante y colérico. Deseaba hacerlo pero el deseo se menguaba por la lentitud de mis movimientos; eran pesados y lograba recorrer muy poco en un campo interminable. Me sentía angustiado, cansado. El sol comenzó a derretirse con un grito de tía Luisa; lagrimeaba chispas que flotaban en el ambiente y que caían, casi arrullándose, hacia la hierba. Permanecí extático observando las centellas caer y fundirse tímidamente en la grama mientras el alarido se estiraba garabateando mi nombre...

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