jueves, 25 de diciembre de 2014

fragmento [en_proceso]

Mi mamá quiere mucho a mi hermanito, y mi papá. Yo también lo quiero, pero él de mí no se deja. Cuando está jugando yo me le acerco; yo quiero abrazarlo y darle besos como hace mi mamá con él, y acariciarle la cabeza con la mano, como peinándolo; yo me le acerco y ahí mismo se pone a llorar. Mi mamá se enoja conmigo por eso, pero yo no hago nada malo, yo creo que no hago nada malo, si solo lo quiero acicalar como hace ella; entonces me dice que lo deje quieto y ella se le acerca y comienza a hacerle mimos, los que no me hace a mí y le quiero hacer yo a él ¿Por qué no me los hace a mí? Doña Graciela también se los hace a Anita. A él le habla bonito y le da picos en la frente, en cambio a mí me habla como si yo fuera el niño que hace mandados, que le dice haga esto y aquello, aunque a él le da las gracias. A mí no. Mi hermanito es muy consentido; me gustaría ser consentida, que mi mami me cepille el pelo… como doña Graciela se lo cepilla a Anita; yo a mi muñeca la peino pensando que soy mi mamá, entonces ahí mi muñeca se llama Sandra como yo, Sandrita le digo, aunque para los demás es Marta, que no tienen que saber. Le doy besos en la frente y le canto para que se duerma; no la dejo sola hasta que se duerma, así como mi mami hace con mi hermanito. También la visto con ropa muy muy bonita que le hace mi papá; él es… es… él hace ropa y la gente se la compra porque le queda muy bien y porque huele muy rico; como él. Pero la que le queda mejor es la que hace para mí y para Sandrita porque la hace con mucho amor; eso me lo dice al oído pasitico. Yo casi nunca lo veo; cuando lo veo, es de noche; él entra y yo voy y lo abrazo y él me levanta, me da un beso en la mejilla y me baja; mi mamá mira desde el corredor con los brazos cruzados. Siempre está cansado, yo sé porque él le dice mucho eso a mi mami y porque sus ojos están igualitos a los míos cuando me miro en el espejo al levantarme muy temprano para el baño. Es muy serio pero yo sé que me quiere porque cansado y todo me abraza y me da vueltas y vueltas en el aire y yo me río mucho; y cuando me habla, él me mira, siempre me mira y a veces se sonríe, pero cuando está mi mamá, ya es como si yo no estuviera ahí. Ella casi nunca me mira cuando me habla, en cambio a mi hermanito sí; cuando le da compota, cuando lo viste, cuando lo peina después de bañarlo… Entonces yo no sé ¿Será que mi mami sí me quiere? Si no fuera siempre tan brava conmigo, le preguntaría. Yo quiero que me quiera, pero yo no sé cómo.

jueves, 13 de noviembre de 2014

Aberrante

¿Qué te digo? Simios, objeto de experimentos en un barco en alta mar; su piel se deshace, la carne desaparece; chillan de dolor. Mientras eso sucede estoy contigo en una habitación. Y tu hermano. Solamente los tres. La habitación es blanca, carece de objetos que la adornen. ¿Quién creyera, eh? No sabía que tenías un hermano, pero ahí está, con nosotros, desnudo, y vos también, como llegaste al mundo, pero sin el líquido viscoso que te envolvía en ese entonces; y bien formada ya; con tus senos delicados, discretos, con un vientre que se amontona de pecas y con los labios de tu vulva protegidos por una vellosidad oscura tirando al rojo que muere en la brasa al final de la madrugada. Ahora los simios sufren una transformación prevista, y se vuelven contra el mundo, contagiados con rabia. Me pedís que te deje sola con tu hermano ¿De dónde salió él? No tiene la capacidad de hablar, su cuerpo está cubierto de pelusa marrón, su cabeza es más grande de lo normal, me decís que él es especial; los dejo solos. En las montañas, aves comen los excrementos de los simios, que cubren por completo la hierba; extienden el odio con su vuelo. Después de un rato, atravieso el corredor y te miro a vos y a tu hermano desde la puerta. Su cabeza, peluda y calva al mismo tiempo, sobresale de entre tus piernas; tus ojos se cierran en un disfrute doloroso, húmedo por el placer de la culpa. Pienso cómo voy a estar con vos luego de presenciar eso. Al acabar, te me acercás y me tomás la mano, guiándome, con la intención de buscar más satisfacción, esta vez a costa mía. Me dejo llevar por la cadencia de tus caderas.

martes, 21 de octubre de 2014

Elección

Caminar con vos bajo un cielo indeciso, bipolar, gris manchado de azul que derrama sudor frío sobre nosotros; charlar, recorrer las calles angostas “como de pueblo” decís; visitar los recuerdos de una época en la que la timidez se ocultaba en el ginebra y la noche se convertía en un pacto de lujuria disimulada. Discutir la vida sobre el asfalto, ver pasar las casas adornadas con espectros y arañas gigantes en sus balcones; olvidar el mundo, apoderarnos del tiempo abrazados por la fría brisa de octubre. Ambos deseamos al unísono el pitazo de un vicio abandonado, no olvidado, añoramos el gusto amargo del tabaco en nuestras narices al salir el humo.

Caminar con vos por una calle de barrio, disfrutar tu perfil, observar tu boca colorada realizar acrobacias sobre tu mentón; analizar los cambios en tu expresión, haciendo conjeturas de lo que se gesta y muere constantemente en tus pensamientos; ver tus ojos invocando felicidad más allá de las montañas, donde el azul se tiñe de un rosa apenas perceptible que identificas fácilmente como a cualquier color engañoso que se cruce en tu mirada.

Alguna vez me dijiste que quizás caminaríamos separados, viéndonos a la distancia, buscándonos en la ilusión. No quiero eso; prefiero estirar el camino en tu compañía, alejar el destino de nuestros pies así como se aleja la eternidad en el tiempo cuando nos vamos juntos por la ciudad y charlamos de nosotros, de lo que nos importa.

martes, 23 de septiembre de 2014

cuento [tratamiento#3-fragmento]

Tenía que apoyarme a las paredes; el piso parecía un puente colgante azotado por una ventisca, mis pies se deslizaban, ausente la fricción, las piernas se doblegaban, amenazando con desfallecer. Mis pasos eran cortos y dubitativos. El sonido acelerado de las cuchillas revolucionadas se incrementaba, inundando el corredor con un gemido metálico; anulaba cualquier idea que pudiera gestarse en mi cabeza. Le grité a K para que acallara el estruendo, pero mi voz se desvanecía al rozar los labios. Iba despacio, acercándome por fin a la cocina. El estrépito murió.

Bajo el umbral de la puerta, comencé a temblar. Lo que tenía en frente me causó horror; sentí náuseas. K estaba en la mesa de la cocina, con un brazo metido en el vaso de la licuadora. El contenido del vaso era su carne despedazada; la sangre contaminaba su rostro, adornaba las paredes y el techo, como un remedo cruento de un cuadro expresionista abstracto. Ella me miró y encendió la licuadora con su brazo adentro. El vaso arrojó más grumos de sangre; le grité que parara, en vez de hacerlo, aumentó la velocidad del motor. Me acerqué a ella y caí de rodillas, aferrándome a su vestido; le rogué que la apagara. Le pedí perdón, llorando. Alcé la vista hacia ella, que no cedía en su acción. Su rostro despedía, hacia mí, un reproche escarlata.

jueves, 18 de septiembre de 2014

La luz de tu habitación

La luz de tu habitación está siempre encendida
esperando ansiosa tu llegada
encendida toda la noche y madugada
hasta que se me agote la vida

Nadie jamás podrá habitarla
nadie ni nada, excepto tu alma
Hasta que no vuelvas, vida mía
tu habitación se mantendrá vacía
y la luz de mi corazón seguirá encendida

viernes, 22 de agosto de 2014

martes, 12 de agosto de 2014

Sobre la voluntad

Cierre los ojos. Imagínese otra vez siendo un niño. Recuerde esa época en que todo era más fácil –más fácil. Sólo había inseguridades que nacían del silencio o del regaño de los papás; la necesidad, apenas latente, cultivada desde ese estado, de encajar y de agradar a los demás; los miedos que se gestaban en las mañanas, evolucionaban en abominaciones nocturnas y destruían el sueño–. Mire por la ventana, ahí están sus vecinitos jugando; lo inunda el ansia por salir y estar con ellos. Ese era un sentimiento que abarcaba toda la vida; la impaciencia, el desespero por verlos afuera montando una bicicleta, pateando una pelota, saltando un lazo, o simplemente corriendo. Y gritando. ¡La libertad que se sentía al realizar esas actividades! Inefable. Entonces usted va donde sus papás y tímidamente les pide que lo dejen salir; la cabeza gacha. Recuerde que tiene los ojos cerrados y está viviendo honestamente estos acontecimientos. Ellos, sin siquiera mirarlo –porque andan con sus cosas de adultos–, le dicen que no, ya sea por la hora, o porque hay deberes por hacer, o por lo que sea. ¿Recuerda el sentimiento que lo embargaba? Ese golpe en seco que destruía sus deseos y anhelos –anhelos ingenuos–. Era terrible; los ojos se llenaban automáticamente de pequeñas lágrimas y la boca comenzaba a temblar; el cuerpo abatido. Mira una última vez por la ventana, la libertad del exterior, la libertad negada, y en ella los niños casi llamándolo con sonrisas burlonas, olvidándose pronto de usted. Una última mirada antes del regaño.

Ahora bien, sus vecinitos, en realidad, no quieren jugar con usted. Sólo pasan frente a su ventana y lo suelen mirar con una desdeñosa sonrisa guasona; luego lo olvidan. A pesar del rechazo, usted quiere ser su amigo. Y no le es posible, porque para lograrlo, debe estar con ellos, jugar con ellos. Mantenga los ojos cerrados y mire hacia abajo, ¿se da cuenta? Sí, lo único que puede hacer es contemplar el exterior, soñando. Y despertando constantemente. Siempre va a ser así. Día tras día. Hora tras hora. ¿Duraría su voluntad intacta? Es difícil saberlo, porque el tiempo golpea su coraza; el tiempo y los pensamientos; cuando la alcanzan, comienzan a lastimarla con cada roce, y con ella, a su propia vida.

Usted ve pasar un mundo por la ventana dentro del suyo de tres por tres. Su voz se desvanece porque no hay a quién hablarle; se convierte en un hilillo monosilábico que envuelve únicamente a sus padres. Pasa el tiempo pensando. Ha olvidado a los vecinitos. Los años muelen su cuerpo. Su cabeza se atiborra de ideas que no tiene cómo expresar. El anhelo se volvió resignación, pero siente la necesidad de que mute en algo más y no sabe cómo. Piensa que tiene mucho para dar ¡y falta tan poco! Ahora se transforma en desespero – ¡Tan joven!–. Hora tras hora. Día tras día. No quiere que termine de esa forma. Desea algo más.

lunes, 21 de julio de 2014

Feliz viaje

A Yhorman Gelvez.


Había una tienda ubicada al lado de una autopista que parecía atravesar al mundo en el que me hallaba. El sol permanecía estático, casi tocando el cénit y una brisa arrastraba lejos su furia, dejando sólo un brillo estético tras la caricia marina. Pedí un cigarrillo; la llama del encendedor se mecía y comenzó a consumir los primeros trozos de tabaco y papel cuando le di un pitazo fuerte, queriendo succionarle la vida. Los ojos cerrados.

Desde el sur –desde donde yo había llegado–, sentí un zumbido suave; se incrementó de a poco y se sostuvo un momento que pudo ser toda una existencia, luego aumentó y se convirtió en una mancha color naranja perlado que se materializó en un aventador, y paró frente a mí, en el camino. Me miraste con tu cara redonda y sonreíste. Boté el cigarrillo y me acerqué.

Hacia el horizonte, al oeste, una extensión infinita de tierra. Y más allá, el mar; lo sabía porque escuchaba a las olas atacar las rocas unas veces y acariciar la arena de la playa, otras. Hacia el norte, un valle, tu destino. El polvo se levantaba arremolinado entre zumbidos. Te pregunté para dónde ibas; me dijiste que atravesarías grandes campos primaverales en los que la luna es tan brillante como el sol y su luz tan perfecta y delicada, que puedes ver las estrellas titilando, como pequeños corazones resplandecientes, agitadas por la negrura de su soledad inmediata; también mencionaste angostos caminos serpenteantes, rodeados por árboles cuyas hojas caídas ocultarían tu destino bajo un sol otoñal; y mares tan cristalinos que solamente la sensación de frescura en tu cuerpo indicarían que te sumergiste en ellos, porque a simple vista, los peces parecen exóticas aves tropicales de bajo vuelo. Finalmente me hablaste de un lago gélido al final del mundo; un sitio tan callado, apacible, que ni el agua se atreve a murmurar cuando lleva a cuestas la escarcha derramada por los glaciares; un lugar, donde me dijiste, pensabas encontrar un poco de paz.

Te miré una última vez y te envidié ¿Sabes? Quise ir en el auto contigo, pero era un monoplaza, además, aún no era mi momento. Aunque sé que no lo necesitabas, te deseé suerte en tu viaje; yo sabía, con toda seguridad, que no la necesitabas. Aceleraste y un rugido hizo temblar el aire. Arrancaste, mirándome con tus grandes ojos oscuros y tu cabello bien peinado, y te llevaste al sol contigo descubriendo un cielo oscuro, vacío, a tus espaldas, sobre mí; dejando una estela de silencio que se prolongaba en todo el espacio que ibas abandonando.

Lamenté tu partida, añorando. Levanté mi mano para despedirme, a pesar de que no la verías. Te deseé paz.

jueves, 10 de julio de 2014

... mientras un beso alcanza al espejo

No puedo vivir sin ti, cariño
sí podría, pero es una opción que prefiero desechar
¿sabes por qué?
porque eres especial, muy especial
Esperarme por horas horas horas
darme ese regalo que consideras único,
un trabajo artesanal,
producto de pernoctar
una obra maravillosa que irá a parar a un desván
(como mucho)
Un obsequio que me da felicidad por cinco minutos,
porque, bueno, debo ir a hacer lo mío
tú me entiendes ¿verdad?
Me entiendes, claro que sí
porque conoces mi mundo
(eso es lo que crees)
sabes lo atareado que puede llegar a ser
estoy aquí, luego debo ir allí,
firmar contratos por docenas
viajar por todo el mundo y sufrir el terrible jet lag
Tú me comprendes y sabes cómo soy,
pero no te importa
Te lo repito, cariño
eres especial
como tantos otros que se desviven por hablarme, escucharme
por tocarme
y te necesito (no)
no es a ti realmente
a tu atención,
estar siempre en tu mente
es una droga que me atrapa;
así no te conozca, y te confieso:
no me interesa hacerlo,
porque no estás a mi altura
No sé si eres hombre o mujer
no me preocuparé en averiguarlo
Nunca lo haré
De ti sólo me interesa el fanatismo que me profesas
eso que llega a ser enfermizo,
qué más da
lo importante es que compartimos la misma obsesión:
el amor por mí.
Sueñas con estar conmigo, con ser yo;
no despiertes, es mejor para ambos, porque
tú vives de ese sueño
mientras yo lo vivo a diario,
y los dos estamos bien así.
No me olvides.

martes, 24 de junio de 2014

Un viernes cualquiera [en_proceso]

«Espérame aquí».

«Pero quiero ir contigo».

«No, mi vida, quédate aquí que no tardo; en veintiquince parpadeos regreso».

«No me quiero quedar solita, mami».

«Mi vida, es peligroso por los carros, quédate aquí y cuida la cartelera para que la gente la vea…».

El carro arranca y mi nariz dibuja una raya grasosa en la ventanilla; yo no escucho lo que dicen y tampoco les entendería porque ellas hablan otro idioma; eso me dijo mi papá, que tienen la lengua diferente, ¿será como la de las culebras? Pero no importa qué idioma hablan porque estoy segura de que la mamá le habla bonito a la hija, como mi mami a mí.

Antes no estaban. Entonces cuando el carro paraba, yo jugaba a parpadear hasta que la luz roja se apagaba y se prendía la verde: a veces se demoraba veintiquince parpadeos y otras treceyocho y así. Después aparecieron ahí sentadas con una cartelera como las del colegio y desde entonces, cuando la luz roja está encendida, la mamá se para y pasa por los carros y algunas personas le entregan algo, pero mi papá no, él se queda mirando hacia el frente como si ella no estuviera ahí estirando la mano y yo hago lo mismo cuando me pasa cerquitica por la ventanilla, como jugando a las estatuas, y la niña se queda sola y a veces llora y le salen mocos como a mí y la mamá se devuelve y la abraza y la limpia con la falda sucia, y a mí mi mami no me deja tener la ropa sucia porque cuando se ensucia, ella se enoja y me la cambia regañándome, pero la niña tiene la falda sucia y también la cara y la mamá la abraza y le da besos en la frente. ¿Será que ella quiere más a la hija que mi mami a mí? Y siempre las veo allí; entonces un día le pregunté a mi papá por qué están ellas dos ahí cuando pasamos, y me dijo algo que tiene que ver con que la tierra se había desplazado y se rascó la cabeza como cuando yo no le entiendo a la profesora, y se puso a hablar por teléfono así que ni le pregunté por el papá de la niña porque debe saber menos que yo.

Miro por la ventana grande de atrás a la señora abrazando a la niña y arreglándole el pelo; se están volviendo chiquitas como puntos y sigo sin escucharlas, pero la niña le debe estar diciendo a la mamá que después de cenar quiere ir al centro comercial a comer helado, porque ¿qué más se quiere un viernes? Eso es lo que me gusta hacer los viernes. Aunque antes tiene que lavarse la cara y cambiarse el vestido por uno limpio. Yo no he visto niñas sucias en el centro comercial.

martes, 20 de mayo de 2014

prueba [tratamiento#2]

¿Cómo se lo explico? ¿Usted ha sentido que le rasgan la garganta en vertical? ¿O que le arrancan el estómago? No, no como un dolor normal o un cólico, es una sensación de vacío ahí donde debe ir el estómago ¿Ha sentido que su corazón no aguanta más y se va a parar? Pero no por cansancio, no es eso, es una ansiedad que lo golpea, que lo lastima y lo siente agitado y, si se mira las manos, las va a ver temblorosas aunque realmente no lo estén; se lo aseguro. Es una frustración que se le quiere salir de un grito, de uno que no se acabe nunca, porque usted no quiere que ese grito termine, quiere morirse con él porque sabe que si no se muere en ese instante, se larga a berrear como un niño de brazos y ese lloriqueo aumenta la frustración, el vacío, la impotencia por la nada; usted de veras añora que ese grito no termine porque cuando suceda, va a querer ir por una pistola para pegarse un tiro, o amarrarse una soga en el cuello. Se lo aseguro que no quiere que se acabe, ni siquiera que comience, como a mí, que ya se hizo inevitable y ni tengo soga o pistola, pero sí un balcón que me está invitando a saltar; se hizo inevitable porque cuando termine de hablarle, no me va a quedar nada más: esto es lo último, lo único. Entonces esto es algo así como una despedida, y le tocó a usted.

Lo lamento si le molesta o si lo hace sentir mal, créame, no es mi intención, usted nada tiene que ver, pero no hubiera podido encontrar alguien mejor para desahogarme; usted, la persona perfecta, la víctima si lo quiere ver así. Y de verdad lo siento, pero es el riesgo de toparse con extraños. No, no es necesario que intente hacerme hablar de más, no es su obligación ni mucho menos, usted no se preocupe por eso; le prometo que no lo hago responsable de lo que suceda porque ¿qué culpa tiene de estar en estas? Nadie podría culparlo; aún si partiera ya, nadie podría hacerlo, yo dejaría por escrito que nada tuvo que ver… si tuviera cómo. Se lo aseguro. ¿Tiene pluma y papel?

miércoles, 14 de mayo de 2014

cuento {sintitulo(aun)}[tratamiento#4-fragmento]

La aguja se zarandea y palpa delicadamente entre los surcos, cada sima, cada pico. Acaricia con gentileza el vinilo y lo descifra golpe tras golpe como leyendo en braille. Viaja estática en una espiral descubriendo la historia de una veleta que se carcome en el olvido. Y la historia, entre cuasi imperceptibles siseos, se apodera apaciblemente de las habitaciones dejando el rastro de la brisa mediterránea que estremeció a la veleta y luego la corroyó con su ausencia. El sol irrumpe a tientas por entre las celosías y expone de manera mediocre, un regordete sofá de terciopelo verde –ajado y moteado por los inexorables hábitos de un felino– que disimula su cojera con un pequeño arrume de revistas y libros de bolsillo; al frente, un pequeño televisor gris que descansa sobre un mueble sostiene detrás suyo, como un par de cuernos metálicos que se yerguen dubitativos hacia el techo en un ángulo obtuso, una antena doble de aire rendida al ajetreo en su juntura, por la mala recepción de la señal. Bajo el sofá que descansa frente al televisor, bajo la mesa magullada y polvorienta e impregnada de refresco y leche seca y llena de revistas rasgadas con artículos triviales que está entre el televisor y el sofá, y bajo el mueble improvisado que sostiene al televisor, yace una alfombra del color sucio del invierno de la que se desprenden infinitas partículas diminutas excitándose ocasionalmente con el compás de los graves.

lunes, 5 de mayo de 2014

Tautología de una madre


Agosto 15 2012.

Esta semana volví a soñar con usted mijo, y desde eso me siento otra vez en la sala cuando termino los quehaceres en la casa, me siento a tejerle un saco que llevo por la mitad. Ya no sé cuántas prendas le he tejido esperando a que venga por ellas, así sea para eso no más que vuelva.  Me quedo tejiendo hasta las doce más o menos y de cuando en cuando miro por la ventana, casi segura de que no lo voy a ver allá afuera pero no se me muere la esperanza de que de pronto esté usted por ahí; no de que vaya a tocar la puerta pero que de pronto esté cerquita mirando para acá con ganas de venir a saludar o de volver para quedarse.  Su papá antes se molestaba mucho porque me quedaba hasta tarde tejiéndole; usted sabe cómo es él, orgulloso, como usted, salieron igualitos; pero a él el corazón se le ablandó mucho y lo he visto pararse en la puerta mirando hacia todos lados. Yo sé que buscándolo. Y hubo un tiempo en que salía dos o tres veces a la semana para el centro, por la zona donde duermen los vagabundos, lo sé porque Amparito, la mujer de don Tulio lo vio varias veces por esos lados y me contó; me contó que se la pasaba por allá horas y horas dando vueltas y hablando con mendigos y mostrándoles lo que, piensa ella, era un foto suya. Eso sucedió en la época en que Francisco, el primo de Rubi lo vio a usted, mijo, o eso dice él, que lo vio todo andrajoso durmiendo en una acera hace dos años ya. Él contó que al principio no lo reconoció pero que le resultó familiar, y luego se acordó de su cara, pero como iba en bus apurado para el trabajo, no tuvo manera de devolverse. Su papá lo quiere mucho a usted y no lo olvida ni por un momento, es más, últimamente se le nota más ensimismado y hasta amargado y lo veo muy desmejorado de salud  pero se hace el fuerte conmigo, ya le diré por qué. De verdad lo quiere mucho, no le quite la oportunidad de arreglar las cosas antes de que sea tarde.

Yo no sé cuántas cartas le he escrito ya, ni sé cuántas veces le pude haber repetido lo mismo entre una y otra, pero siento que debí hacerlo. Ni siquiera sé si llegue el momento en que usted lea esta carta o las demás, yo espero que sí y por eso las escribo, para comunicarme con usted de alguna manera, para que sepa que yo nunca lo olvidé ni lo voy a olvidar, que yo nunca voy a dejar de quererlo y que su papá tampoco. Pero más que esperar a que llegue a leer esto, espero que volvamos a vernos, que podamos volver a comer los tres juntos como una familia, que en esta casa se vuelva a escuchar una risa, se vuelva a sentir alegría porque ya se nos olvidó cómo es eso. Yo todavía le tengo la habitación como la dejó; vuelva con nosotros mijo, o llámenos, déjenos saber de usted que el desasosiego por no saber nada nos hace todo más pesado a su papá y a mí y se nos acaba el tiempo, y yo sé que nosotros le importamos, que usted no nos ha olvidado, yo no puedo desaferrarme a esa idea mijo porque si lo hago no me queda sino la amargura.

Yo no sé si pueda terminarle el saco ni sé si pueda escribir otra carta o sentarme de nuevo en la sala para ver si usted está por ahí. Mi salud está muy mala y sé que es grave, pero no he querido contarle a su papá aunque estoy casi segura de que él o sabe o se lo imagina y que por eso no me demuestra debilidad ni achaques. Yo voy a intentar terminarlo y las cartas se las voy a entregar a Luz Beatriz en caso de que usted llegue a comunicarse con ella. Si no puedo tenerlo cerca de nuevo en vida, sólo espero que cuando me esté yendo, pueda yo soñarnos a los tres juntos en el comedor desayunando el calentado que tanto les gusta a usted y a su papá y estemos felices una vez más, como antes. Lo quiero mijo, su papá y yo lo amamos.

Lo seguimos esperando, siempre.



Creación en conjunto con Eliana Jaramillo Gaviria.

Aparece en la revista Binarius de la Universidad EAFIT: http://bdigital.eafit.edu.co/binarius/binarius_3/index.html#/70/

Foto: Eliana Jaramillo Gaviria.

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