martes, 12 de agosto de 2014

Sobre la voluntad

Cierre los ojos. Imagínese otra vez siendo un niño. Recuerde esa época en que todo era más fácil –más fácil. Sólo había inseguridades que nacían del silencio o del regaño de los papás; la necesidad, apenas latente, cultivada desde ese estado, de encajar y de agradar a los demás; los miedos que se gestaban en las mañanas, evolucionaban en abominaciones nocturnas y destruían el sueño–. Mire por la ventana, ahí están sus vecinitos jugando; lo inunda el ansia por salir y estar con ellos. Ese era un sentimiento que abarcaba toda la vida; la impaciencia, el desespero por verlos afuera montando una bicicleta, pateando una pelota, saltando un lazo, o simplemente corriendo. Y gritando. ¡La libertad que se sentía al realizar esas actividades! Inefable. Entonces usted va donde sus papás y tímidamente les pide que lo dejen salir; la cabeza gacha. Recuerde que tiene los ojos cerrados y está viviendo honestamente estos acontecimientos. Ellos, sin siquiera mirarlo –porque andan con sus cosas de adultos–, le dicen que no, ya sea por la hora, o porque hay deberes por hacer, o por lo que sea. ¿Recuerda el sentimiento que lo embargaba? Ese golpe en seco que destruía sus deseos y anhelos –anhelos ingenuos–. Era terrible; los ojos se llenaban automáticamente de pequeñas lágrimas y la boca comenzaba a temblar; el cuerpo abatido. Mira una última vez por la ventana, la libertad del exterior, la libertad negada, y en ella los niños casi llamándolo con sonrisas burlonas, olvidándose pronto de usted. Una última mirada antes del regaño.

Ahora bien, sus vecinitos, en realidad, no quieren jugar con usted. Sólo pasan frente a su ventana y lo suelen mirar con una desdeñosa sonrisa guasona; luego lo olvidan. A pesar del rechazo, usted quiere ser su amigo. Y no le es posible, porque para lograrlo, debe estar con ellos, jugar con ellos. Mantenga los ojos cerrados y mire hacia abajo, ¿se da cuenta? Sí, lo único que puede hacer es contemplar el exterior, soñando. Y despertando constantemente. Siempre va a ser así. Día tras día. Hora tras hora. ¿Duraría su voluntad intacta? Es difícil saberlo, porque el tiempo golpea su coraza; el tiempo y los pensamientos; cuando la alcanzan, comienzan a lastimarla con cada roce, y con ella, a su propia vida.

Usted ve pasar un mundo por la ventana dentro del suyo de tres por tres. Su voz se desvanece porque no hay a quién hablarle; se convierte en un hilillo monosilábico que envuelve únicamente a sus padres. Pasa el tiempo pensando. Ha olvidado a los vecinitos. Los años muelen su cuerpo. Su cabeza se atiborra de ideas que no tiene cómo expresar. El anhelo se volvió resignación, pero siente la necesidad de que mute en algo más y no sabe cómo. Piensa que tiene mucho para dar ¡y falta tan poco! Ahora se transforma en desespero – ¡Tan joven!–. Hora tras hora. Día tras día. No quiere que termine de esa forma. Desea algo más.

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