martes, 23 de septiembre de 2014

cuento [tratamiento#3-fragmento]

Tenía que apoyarme a las paredes; el piso parecía un puente colgante azotado por una ventisca, mis pies se deslizaban, ausente la fricción, las piernas se doblegaban, amenazando con desfallecer. Mis pasos eran cortos y dubitativos. El sonido acelerado de las cuchillas revolucionadas se incrementaba, inundando el corredor con un gemido metálico; anulaba cualquier idea que pudiera gestarse en mi cabeza. Le grité a K para que acallara el estruendo, pero mi voz se desvanecía al rozar los labios. Iba despacio, acercándome por fin a la cocina. El estrépito murió.

Bajo el umbral de la puerta, comencé a temblar. Lo que tenía en frente me causó horror; sentí náuseas. K estaba en la mesa de la cocina, con un brazo metido en el vaso de la licuadora. El contenido del vaso era su carne despedazada; la sangre contaminaba su rostro, adornaba las paredes y el techo, como un remedo cruento de un cuadro expresionista abstracto. Ella me miró y encendió la licuadora con su brazo adentro. El vaso arrojó más grumos de sangre; le grité que parara, en vez de hacerlo, aumentó la velocidad del motor. Me acerqué a ella y caí de rodillas, aferrándome a su vestido; le rogué que la apagara. Le pedí perdón, llorando. Alcé la vista hacia ella, que no cedía en su acción. Su rostro despedía, hacia mí, un reproche escarlata.

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