jueves, 13 de noviembre de 2014

Aberrante

¿Qué te digo? Simios, objeto de experimentos en un barco en alta mar; su piel se deshace, la carne desaparece; chillan de dolor. Mientras eso sucede estoy contigo en una habitación. Y tu hermano. Solamente los tres. La habitación es blanca, carece de objetos que la adornen. ¿Quién creyera, eh? No sabía que tenías un hermano, pero ahí está, con nosotros, desnudo, y vos también, como llegaste al mundo, pero sin el líquido viscoso que te envolvía en ese entonces; y bien formada ya; con tus senos delicados, discretos, con un vientre que se amontona de pecas y con los labios de tu vulva protegidos por una vellosidad oscura tirando al rojo que muere en la brasa al final de la madrugada. Ahora los simios sufren una transformación prevista, y se vuelven contra el mundo, contagiados con rabia. Me pedís que te deje sola con tu hermano ¿De dónde salió él? No tiene la capacidad de hablar, su cuerpo está cubierto de pelusa marrón, su cabeza es más grande de lo normal, me decís que él es especial; los dejo solos. En las montañas, aves comen los excrementos de los simios, que cubren por completo la hierba; extienden el odio con su vuelo. Después de un rato, atravieso el corredor y te miro a vos y a tu hermano desde la puerta. Su cabeza, peluda y calva al mismo tiempo, sobresale de entre tus piernas; tus ojos se cierran en un disfrute doloroso, húmedo por el placer de la culpa. Pienso cómo voy a estar con vos luego de presenciar eso. Al acabar, te me acercás y me tomás la mano, guiándome, con la intención de buscar más satisfacción, esta vez a costa mía. Me dejo llevar por la cadencia de tus caderas.