martes, 22 de diciembre de 2015

Impresiones. Opiniones de un payaso.

Éste es el inicio de mis Impresiones sobre Opiniones de un payaso que me publicaron en Revista Humanismo y Sociedad:

En Opiniones de un payaso no habla el payaso que creí. Esto me entristeció un poco –una especie de decepción– porque esperaba a uno experimentado, curtido, que me hablara de sus amarguras; lo vi como el cliché del payaso triste: En la noche de su profesión, acabado por ella, y a pesar de que ya no estuviera ejerciendo, tendría un mal intento de maquillaje, producto de la negligencia, sobre una barba creciente y tupida; debo decir que lo imaginé como no se lo merece él ni ningún payaso, porque en esa profesión prima el buen humor (sea uno alegre o triste) sobre los conflictos internos, así que luego consideré injusto que alguien siempre presto al esfuerzo por crear sonrisas, por intentar estrujar el corazón de los demás haciendo que la risa brote, termine en la decadencia. Afortunadamente, al que encontré es uno de veintisiete años...

Para leer el artículo completo, aquí está el enlace: http://fer.uniremington.edu.co/ojs/index.php/RHS/article/view/192/198

domingo, 14 de junio de 2015

Ese punto azul pálido [#2]

Ann Druyan sugiere un experimento: observemos de nuevo el punto azul pálido del capítulo anterior. Contemplémoslo durante un rato. Miremos ese puntito el tiempo que haga falta y luego tratemos de convencernos de que Dios creó todo el universo exclusivamente para una de entre los diez millones de especies que habitan esa mota de polvo. Demos ahora un paso más: imaginemos que todo fue creado para un solo matiz de esa especie, o género, o subdivisión étnica o religiosa. Si eso no nos parece demasiado improbable, tomemos otro puntito. Supongamos que ése está habitado por una forma distinta de vida inteligente. También ellos defienden la noción de un Dios que lo ha creado todo para su beneficio. ¿Tomaremos en serio su reivindicación?

[...]

Las ingentes distancias que median hasta las estrellas y las galaxias son responsables de que en el espacio todo lo veamos en el pasado, y que incluso percibamos algunos cuerpos celestes tal como eran antes de la formación de la Tierra. Los telescopios son en realidad máquinas del tiempo. Mucho tiempo atrás, cuando una galaxia primitiva empezaba a verter luz a la oscuridad que la envolvía, ningún testigo podía saber que, miles de millones de años después, unos cuantos pedazos remotos de roca y metal, hielo y moléculas orgánicas acabarían por juntarse para formar un lugar llamado Tierra; o que la vida nacería y evolucionaría hasta dar seres pensantes que, un buen día, tomarían un fragmento de esa luz galáctica y tratarían de averiguar qué era lo que la había colocado en su camino.
 
Y cuando la Tierra muera, dentro de unos cinco mil millones de años, cuando haya quedado reducida a cenizas o haya sido tal vez engullida por el Sol, surgirán otros mundos, estrellas y galaxias que nada sabrán de un lugar llamado en su día la Tierra.
 
Casi nunca parece un PREJUICIO. Al contrario, la idea de que, a raíz de un nacimiento casual, nuestro grupo (sea el que sea) debe ocupar una posición central en el universo social, parece acertada y justa. Entre príncipes faraónicos y pretendientes de la dinastía Plantagenet, hijos de capitalistas sin escrúpulos y burócratas del Comité Central, bandas callejeras y conquistadores de naciones, miembros de confiadas mayorías, oscuras sectas y denostadas minorías, esta actitud narcisista parece tan natural como la acción de respirar. Bebe de las mismas fuentes psíquicas que alimentan al sexismo, racismo, nacionalismo y otros perniciosos chauvinismos que azotan a nuestra especie. Es necesaria una gran fuerza de carácter para soportar la arrogancia de los que sostienen que gozamos de una superioridad clara —o incluso que nos ha sido otorgada por Dios— sobre nuestros congéneres. Cuanto más precaria es nuestra autoestima, mayor es nuestro grado de vulnerabilidad ante tales afirmaciones.

Dado que los científicos son personas, no es extraño que pretensiones comparables a la expresada se hayan insinuado también en el ámbito de la visión científica del mundo. En realidad, muchos de los debates centrales en la historia de la ciencia parecen, en parte, discusiones acerca de si la condición humana es especial. Casi siempre, de entrada se asume que somos especiales. No obstante, después de examinar la cuestión con mayor rigor se descubre —con desaliento en muchos casos— que no lo somos.

Un punto azul pálido: Una visión del futuro humano en el espacio - Carl Sagan.

Ese punto azul pálido [#1]


Desde la distancia, los planetas parecen sólo puntos de luz, con manchas o sin ellas, incluso a través del telescopio de alta resolución instalado a bordo del Voyager. Son como los planetas observados a simple vista desde la superficie de la Tierra, puntos luminosos más brillantes que la mayoría de estrellas. Por espacio de unos meses, nuestro planeta, al igual que los demás, da la sensación de flotar entre las estrellas. Con sólo mirar uno de esos puntos no somos capaces de decir lo que alberga, cuál ha sido su pasado y si, en esta época concreta, vive alguien allí.

Como consecuencia del reflejo de la luz solar de la nave hacia la Tierra, ésta parece envuelta en un haz de luz, como si ese pequeño mundo tuviera algún significado especial. Pero se trata solamente de un accidente achacable a la geometría y a la óptica. El Sol emite su radiación equitativamente en todas direcciones. Y si la imagen hubiera sido tomada un poco antes o un poco después, no habría habido haz de rayos solares que iluminara la Tierra.

¿Y por qué ese color azul celeste? El azul procede en parte del mar y en parte del cielo. Dentro de un vaso, el agua es transparente y absorbe ligeramente más luz roja que azul. Pero si lo que hay son decenas de metros de ese elemento o más, éste absorbe toda la luz roja y lo que se refleja de vuelta al espacio es el azul. Del mismo modo, a corta distancia, a través del aire, el objeto se ve transparente. No obstante —y eso es algo que Leonardo da Vinci explicó a la perfección—, cuanto más distante se encuentra, más azul parece. ¿Por qué? Ello es debido a que el aire dispersa mucho mejor la luz azul que la roja. Por ello, el matiz azulado de ese puntito es debido a su espesa pero transparente atmósfera y a sus profundos océanos de agua líquida. ¿Y el blanco? En un día normal, la Tierra aparece medio cubierta de blancas nubes de agua.

Nosotros somos capaces de explicar ese azul pálido que presenta nuestro pequeño mundo porque lo conocemos bien. Sin embargo, es menos probable que un científico extraterrestre, recién llegado a los aledaños de nuestro sistema solar, fuera capaz de deducir la existencia de océanos, nubes y una atmósfera densa. Neptuno, por ejemplo, es azul, pero fundamentalmente por razones distintas. Desde esa posición tan alejada puede parecer que la Tierra no reviste ningún interés especial.

Pero para nosotros es distinta. Echemos otro vistazo a ese puntito. Ahí está. Es nuestro hogar. Somos nosotros. Sobre él ha transcurrido y transcurre la vida de todas las personas a las que queremos, la gente que conocemos o de la que hemos oído hablar y, en definitiva, de todo aquel que ha existido. En ella conviven nuestra alegría y nuestro sufrimiento, miles de religiones, ideologías y doctrinas económicas, cazadores y forrajeadores, héroes y cobardes, creadores y destructores de civilización, reyes y campesinos, jóvenes parejas de enamorados, madres y padres, esperanzadores infantes, inventores y exploradores, profesores de ética, políticos corruptos, superstars, «líderes supremos», santos y pecadores de toda la historia de nuestra especie han vivido ahí... sobre una mota de polvo suspendida en un haz de luz solar.

La Tierra constituye sólo una pequeña fase en medio de la vasta arena cósmica. Pensemos en los ríos de sangre derramada por tantos generales y emperadores con el único fin de convertirse, tras alcanzar el triunfo y la gloria, en dueños momentáneos de una fracción del puntito. Pensemos en las interminables crueldades infligidas por los habitantes de un rincón de ese pixel a los moradores de algún otro rincón, en tantos malentendidos, en la avidez por matarse unos a otros, en el fervor de sus odios.

Nuestros posicionamientos, la importancia que nos auto atribuimos, nuestra errónea creencia de que ocupamos una posición privilegiada en el universo son puestos en tela de juicio por ese pequeño punto de pálida luz. Nuestro planeta no es más que una solitaria mota de polvo en la gran envoltura de la oscuridad cósmica. Y en nuestra oscuridad, en medio de esa inmensidad, no hay ningún indicio de que vaya a llegar ayuda de algún lugar capaz de salvarnos de nosotros mismos.

La Tierra es el único mundo hasta hoy conocido que alberga vida. No existe otro lugar adonde pueda emigrar nuestra especie, al menos en un futuro próximo. Sí es posible visitar otros mundos, pero no lo es establecernos en ellos. Nos guste o no, la Tierra es por el momento nuestro único hábitat.

Se ha dicho en ocasiones que la astronomía es una experiencia humillante y que imprime carácter. Quizá no haya mejor demostración de la locura de la vanidad humana que esa imagen a distancia de nuestro minúsculo mundo. En mi opinión, subraya nuestra responsabilidad en cuanto a que debemos tratarnos mejor unos a otros, y preservar y amar nuestro punto azul pálido, el único hogar que conocemos.

Un punto azul pálido: Una visión del futuro humano en el espacio – Carl Sagan.

domingo, 3 de mayo de 2015

¿Qué queda?

[Buena suerte. d A.L]

¿Qué se hace más largo?
¿Esa tarde de espera o toda una vida?

Una tarde de aguante
sin dinero
con el sueño a cuestas
cerrando los ojos
las manos apoyadas
las manos soportando la vida
los pies se balancean
y el hambre
el hambre
¡El hambre!
Ir de aquí para allá en una ciudad ajena
siempre a los mismos lugares
de blancura enfermiza
de espera inacabable
con voces indolentes
que surgen de gargantas metálicas
y evocan guiones de memoria
voces fastidiadas que no comprenden el dolor
¿Qué queda?
La espera en una tarde tranquila
la espera fastidiosa en una tarde de hambre
¿Cómo dormir en una banca de parque de una ciudad ajena?
La cabeza se balancea sobre el cuello cansado
los ojos ceden a la negrura
las manos sostienen
las manos cansadas se aferran al concreto
el mundo pasa despacio
sin sigilo
sólo transcurre
y en la memoria
las filas, las horas, los días
los recados
la fatiga la fatiga
¿Y qué queda?
Resignación
el fruto de la paciencia, aprendida con los años
el yugo que se aferra al alma con cada decepción
una caricia dolorosa al orgullo
Y entonces la tarde se hace corta
aguardar una hora incierta en soledad, en ayuno
no es tanto
la voluntad encoge el tiempo y lo vuelve exhalación
la ansiedad no asoma
Queda la fortaleza
las cicatrices del dolor
los recuerdos de las batallas perdidas
la ilusión de la Victoria

martes, 7 de abril de 2015

{Tres miradas} Tercera

Es domingo. Sabés que casi siempre son solitarios. El día comienza a acabarse, la luz aún está pero el calor desaparece paulatinamente, al igual que tu pasión. Es esa hora en la que todo permanece tranquilo, como tu vida, aunque en ella no es tanto tranquilidad sino monotonía, porque estás inquieto y todavía no lo sabés. Un automóvil voltea y te alistás para ejecutar tu parte: Ofrecerle un puesto clandestino de parqueo. Un falso cliente. Los dados golpean (como cada sábado y cada domingo) el vidrio del parqués y vos ya ni reparás en ello. El hambre te llega. Aparece una camioneta de esas que te gustan, para llenarla de cosas, pero ¿qué cosas? Ahora sí hacés tu parte, agitás el trapo, das las indicaciones necesarias; un acto practicado ¿Por cuánto tiempo ya? ¡Tanto! ¡Tanto! Y el conductor, como la mayoría de conductores que te han tocado, no parece advertir tu presencia, tus palabras; al principio te molestabas mucho; ellos siguen mirando hacia el frente y por los retrovisores ¿Sabrán que existís? ¿Alguna vez has deseado preguntarle a alguno de ellos si te ve? ¿Importa?

Vas a la acera de enfrente, a la banca y te sentás (ya te cansás más rápido que antes). Un hombre sentado a tu lado escribe; esa banca casi siempre está dispuesta para vos y más un domingo; su presencia no te molesta, te causa curiosidad y le preguntás si está estudiando, te responde con un sí a secas; como sos seco en tu trato, te da igual. En general hablás poco; hoy te dio por hacerlo más de la cuenta, la soledad y el silencio te están pesando más este domingo y por él; su presencia te hace pensar de más. «Ahí nos vamos yendo» le decís y en ese momento aparece uno de los pocos autos que sabés llegan fijos los fines de semana; son los muchachos con sus instrumentos, llegan a ensayar su música; te percatás de que son alrededor de las cinco. Repetís tu número, los saludás un poco adusto, sólo un poco. Pasás de nuevo junto a la camioneta y te apoyás en ella, mirás en la parte trasera, te ilusionás creyendo ver un billete y es sólo un papel. El aire comienza a hacerse más frío y te fastidia la garganta, te vuelve la tos que lleva varios días; también agita tu hambre, pensás en los pasteles, en las sobras. Pensás en vos, en el hombre de la banca, en lo que pudiste ser; un titubeo; sos vos de nuevo, el Raúl callejero, el que quiere ser libre, el que es libre, con hambre pero libre, sin la posibilidad de tomarse otra cerveza, el que a veces vive de la caridad; libre.

Volvés a la banca. Mirás al hombre, lo escudriñás y querés saber qué escribe por tanto tiempo, hasta pensás que él está allí desde que existís; un pequeño desvarío. No lo sabés pero la inquietud comienza a hacerse visible en vos; él hace que comience a existir. Lo ves ahí y te surge la necesidad de hablarle, de matar la soledad, de sólo hablar por hablar y es por ello que le mencionás a los muchachos que ensayan su música todos los domingos. Él, áspero como vos. No importa. Querés hablar lo que sea. Luego callás; tu estado natural repujado por la costumbre. Sigue ahí y pensás en él. A tu manera pudiste ser él; no exactamente él, te referís a haber hecho otra cosa con tu vida. Debiste ser otro. Los de la camioneta salen del restaurante y te apurás a su encuentro. Ves al niño y jugás con él. Amelia. Amelia entra en tu cabeza. Ícaro; así le decía ella y así se llama para siempre en tu corazón. Ícaro. Tu hijo que no logró serlo. Debió. Y ella debió ser tu esposa ¿cierto? ¿Dónde estará? ¿Estará? El conductor pasa frente a vos y ninguno se inmuta. Se toma su tiempo y ves al niño subirse (Ícaro). Él debió ser y así vos pudiste ser y Amelia hubiera sido ¿Dónde está ella? ¿Qué le dirías? ¿Está con otro? La hiciste alejarse de tu lado y no te importó porque esa es mi naturaleza, pensabas en esa época ¿Importa ahora? ¿Es solamente por la soledad? ¿O realmente importa? La ventanilla se abre, una mano aparece: dinero; tomás las monedas y antes de guardarlas, las contás rápido. Agitás el pañuelo, una despedida. Ícaro. ¿Hubo otro Ícaro para ella? ¿Un mejor Rául? Te sentás. El hambre no se esconde tras los pensamientos. Buscás a Josefina, la ilusión de así sea un mendrugo. La gorra pica en tu cabeza; te la quitás. Otra cerveza, te gustaría otra cerveza, una más te ayudaba a olvidarla. Eso no va a funcionar esta vez. Volvió a vos, no como esperarías, no en persona; en un pensamiento que no tiene intención de alejarse ¿La buscarías? ¿La amás? Para qué ¿Dónde, dónde estás? El hombre continúa sentado en la banca, escribiendo y a veces te observa; no lo notás. Los dados ya no suenan y los automóviles no voltean por tu cuadra, siguen derecho por la principal; eso ya no te importa, te quedó una inquietud que no sabés que existe; para vos, es Amelia, es el hijo que no te hizo ser diferente porque voló antes de lo debido.

lunes, 6 de abril de 2015

{Tres miradas} Segunda

Está comenzando a enfriar. ¡Qué calma! Siempre es lo mismo los domingos. Ese olor. Ya está haciendo hambre; el sancocho de ayer estuvo bueno bueno ¡y dos platos! Lástima no haber podido guardar uno para hoy ¡juemadre! Ahí llega un carro, por fin. No, siguió derecho. Deben ser las cuatroymedia, con razón no viene nadie, aunque en esto aparecen los pelaos a ensayar. Este sí. «Dele dele dele. Ahí. Eso» Buena camioneta. Así la quiero yo, amplia atrás para meterle todo lo que quiera. Con este carro uno piensa que dejarían buena propina pero los he visto en unos más vistosos y son más amarraos. Hambre y no hay pinta de que me vayan a dar algo, toca esperar hasta más tarde a los pasteles viejos o algún sobrao; ojalá alguien haya pedido uno de más y le haya quedao grande a ver si Josefina me lo guarda. Éste está bien, éste también, nada raro por aquí, todos tal cual llegaron, no falta el maldadoso que los raya, hoy no… por el momento. Bueno, a descansar las piernas. Este muchacho… A esta hora un domingo por aquí. Yo no lo había visto. «¿Está estudiando?» Vea usted. El que quiere y puede… «Muy bueno. Ahí nos vamos yendo» Ahí me voy yendo ¿Será que debí haber estudiado? ¿Y qué hubiera…? No, creo que yo no estaba para eso; eso es pa’l que quiere y a mí nunca me gustó, pero es que vivir así… vivir así así así sin nada sin nada seguro todos los días lo mismo esa incertidumbre ¿Al menos debí buscar un oficio? Ahí llegaron los muchachos, yo sabía. Entonces deben ser como las cinco «¡Hágale, dele dele, eso!» «A ensayar, ¿no? Muy bueno, yo los escucho desde aquí, sí señor, suena duro y bonito» Debí ser cantor, mi mamá me decía que yo tenía una voz muy bonita. ¡Qué hambre! Aunque preferiría una cerveza, otra, pero son muy caras y si Josefina se da cuenta, no me da comida. Aquel muchacho sigue estudiando. Todo bien por aquí. ¡Qué camioneta más bonita! ¿Qué es eso, un billete? ¡Bah! Sólo basura. No hay más carros, aprovechemos a descansar. Volverse viejo es complicado. ¿Uno sin un guardadito de qué va a vivir luego? Esto toca hacerlo hasta que llegue la hora. Ahí me voy yendo «Ahí nos vamos yendo, muchacho» Sí, ya qué, a más de mitad de camino no hay manera de devolverse ¡Qué cantor de tangos! Lo que fue, fue. Vean a este pelao, está joven y se le nota que disfruta lo que hace porque un domingo no provoca nada así esté uno sin un peso… pero aquí soy libre, no estoy encerrado, no le hago daño a nadie, me toca aguantar hambre, sí, y sed, pero soy libre… Bueno, a ver este señor qué tan generoso es. El niño tiene razón, el pastel de arequipe con queso es el más rico y ya se acabó ¡Qué vaina! Hace rato no me toca. Los niños son lindos. Si Amelia hubiera tenido a Ícaro… Se nos fue antes de tiempo. Ícaro; estábamos entusiasmados con él y pensé en sentar cabeza; mi vida hubiera sido diferente, tal vez no sería cantor pero un hijo habría cambiado todo. Para bien. Yo lo habría recibido con amor y estaría con Amelia ¡Cómo quise a esa mujer! Todavía, pero lo callejero no iba con ella ¿Dónde estará? Por Ícaro hubiera dejado de serlo, debí dejar de serlo por ella. Ya no fue. ¿Estará viva? Mil. No está mal. «Ahí me voy yendo» ¿Dije eso en voz alta? Ya ni me doy por enterado y me sucede muy a menudo últimamente. Será por no hablar con casi nadie. Amelia Amelia ¿Estarás viva? ¿Estarás? ¿Dónde? ¿Habrá un nuevo Ícaro para vos? ¿Uno que no se fue y te cambió la vida? Ése debió ser nuestro, no tuyo con otro, sino tuyo y mío Amelía mío mi Ícaro contigo con una nueva vida para mí para los dos Amelia ¿Estás? No debí ser cantor Amelia debí ser Papá Esposo y tener una casa con vos sí Amelia con vos y ya no puedo ser papá Amelia ya no puedo criar a un Ícaro aun si quisiera ya estoy dañado para eso ya es muy tarde ¿Y para vos? ¿Fue tarde? ¿O fue?  A mí me hubiera gustado mucho mucho mucho yo te lo dije cuántas veces te lo dije Amelia Amelia ¿Cuántas? Los dos estábamos ilusionados Y lo perdimos Yo sé que me dio rabia y te llegué a culpar y te pido perdón yo nunca te pedí perdón no fue tu culpa Y luego te perdí a vos no debí perderte No debí ser cantor no debí ser esto que soy ¿Debí ser otro? Debí ser tuyo así no me iría yendo día tras día sin vos así me voy yendo sin vos y no debí… perdón perdón Amelia ¿Dónde estará Josefina? ¿Dónd…? Hace sueño. Y hambre. Deben ser las seis. Casi no hay movimiento, como todos los domingos, pero toca darle hasta las nueve, igual que todos los días. Ese muchacho sigue escribiendo ¿Dónde estarás, si estás, Amelia?

domingo, 5 de abril de 2015

{Tres miradas} Primera

El sol busca regocijo en las montañas más robustas. En el cielo, la luna es un diminuto cacho, se confunde con un trazo difuminado de nubes que se han tomado la mitad del orbe; al fondo, lindando con el horizonte, donde el sol se empecina en hallar resguardo, las nubes estallan en un blanco y un naranja tenue. De un garaje abierto surge el incesante sonido de los dados al chocar contra el cristal; repetitivo el sonido, podría pensarse que es siempre el mismo; a veces el intervalo entre golpe y golpe cambia, haciendo creer que la partida pudo haber terminado. Es un engaño.

Los autos dejan en el aire la estela de un rugido al pasar por la avenida, no tan imponente como el del avión que desde el suelo se ve cruzar junto al cacho que es la luna. El olor de la comida escapa de los locales y atrae a los hambrientos y golosos. A veces los autos se desvían y giran por esta calle; a veces también reducen la velocidad y buscan un sitio para aparcar. Cuando esto último sucede, aparece Raúl; lleva en su mano un dulceabrigo y lo agita, introduciéndose en la escena, como una señal de que allí se puede parquear. La manos que agitan el trapo rojo están ennegrecidas y sus uñas son gruesas y largas; ennegrecidas como su pantalón, camiseta y un chaleco de motociclista seguramente encontrado en la misma calle; la barba, canosa es de varios días; las botas están lustradas, impecables como la oscuridad. Pasajeros y conductor bajan de una camioneta, sin reparar en Raúl entran a un restaurante. Raúl observa la camioneta mientras se echa el trapo sobre el hombro, va a la calle de enfrente y se sienta en una banca, «Ahí nos vamos yendo» dice en voz alta como si hablara al hombre que se encuentra sentado en la misma banca; el hombre lo mira y asiente con la cabeza. Llega otro automóvil, Raúl se levanta y repite su número; los pasajeros también. Raúl se vuelve a acercar a la camioneta y se apoya en la parte de atrás, mira algo dentro, el dulceabrigo en su espalda; parece cavilar un rato y cruza la calle para sentarse junto al hombre que escribe «¿Está estudiando?» «Sí» Responde el hombre «¿Qué estudia?» «Literatura» «Qué bueno, muy bueno, ahí nos vamos yendo… debe ser difícil» El hombre se encoge de hombros y continúa escribiendo «Ahí subieron los instrumentos» dice Raúl; el hombre lo mira y por no ser grosero, pregunta «¿Qué instrumentos?» «Una batería, guitarra, violín… allá a esa casa; ellos ensayan cada ocho días» Su aliento tiene un dejo casi extinto a licor.

Los de la camioneta salen del restaurante y Raúl corre a su encuentro, le hace señas a un niño mientras el conductor pasa cerca de él sin determinarlo y sube al asiento. Raúl espera. El conductor se toma su tiempo; para él, Raúl parece no existir como un ser, un ente, sino más como una presencia que logra ubicar en el espacio; baja un poco la ventanilla (es su parte del acto, un ritual acordado por gusto o no) y saca la mano. Raúl, por orgullo o por ser parte de su papel, decide no mirarlo, se concentra en la mano y toma las monedas que hay en ella. La camioneta arranca. Raúl las mira y las mete en el bolsillo de su pantalón; todavía no sabe cuánto ha recogido, prefiere la sorpresa al final de la noche. Tose una tos flemosa. Recorre la calle a la espera de un próximo automóvil que no aparece. Se sienta junto a un local «Ahí me voy yendo» Se repite a sí mismo como si fuera un credo, algo a lo que se aferra y necesita creer. Cruza las piernas y piensa, parece que algo lo agobia. Un bostezo se topa con la palma de su mano. Busca a alguien en el local como si deseara que se acordara de él; el olor de la comida lo inquieta.

{Tres miradas}

¿Cuántas veces hemos pasado junto a alguien y nos causa curiosidad su manera de vivir? Deseamos conocer sus pensamientos, sus angustias; todo lo que está oculto tras su carne, en lo profundo de su corazón y de su mente. En ocasiones, si logramos hablar con esa persona, sus sentimientos y experiencias surgen en la conversación como un acto reflejo de la psique. La mayoría de las veces nada de esto es posible porque pasamos de largo sin percatarnos de los que nos rodean; flotamos en una burbuja que nos aleja de la contemplación. Cuando no logramos detenernos pero nos entra la intriga y nos tomamos el tiempo, queda especular, o soñar si se prefiere el término. Esto último fue lo que me sucedió: soñé con una situación en alguien; tomé unos pocos fragmentos de su “realidad”, creé una historia y la narré desde diferentes puntos de vista. Son miradas parciales y convergen a una misma idea pero intentan acentuar rasgos diferentes.

jueves, 12 de marzo de 2015

velada íntima

«¿Te lo muestro?» Dice ella casi entre sueños, arrullándose con sus propias palabras, apoyada la cabeza sobre el pecho de él que la mantiene en un vaivén somnoliento. «¿Te lo muestro?» Repite con un tono pícaro, su voz arrastrada mientras alarga pesadamente el brazo buscándole la cabeza para asirse a su cabello.

Él aspira hondo, un pitazo al cigarrillo, deja que se llene su boca con el humo, lo expulsa sin expulsarlo, la boca abierta y el humo escapa, pero quiere permanecer junto a ellos como un venenoso espectador pálido de la conversación. Da otro pitazo y esta vez expulsa con fuerza para ahuyentar al voyeur diáfano. «Claro» Responde tosiendo y ocultando su boca tras la mano «De vos quiero conocerlo, verlo todo».

domingo, 8 de marzo de 2015

mi compañera

Eres mi compañera, la que elijo siempre con amor
eres la que me quita la cordura
cuando te alejas, para mí es pura torura
y al volver tú, llega contigo mi razón

El camino es largo al viajar solo
la estadía tediosa estando solo
Se me inunda el alma de amagura
al saberme extinto en tu corazón

Soy el compañero que elegiste
soy el que andará a tu lado este camino
seré tu apoyo y guía cuando me necesites
Te confieso: Espero no alcanzar nuestro destino

Deseo seguir viajando contigo
entre alegrías, tristezas, mundos reales o inventados
Y cuando tengas frío darte abrigo
o cuando tu corazón tenga calor ser yo el testigo
de su maravillosa desnudez arcana
y aprovechar y alimentarme del amor que emana
y cubrirlo luego con el mío
así este amor será tuyo y mío
por siempre, hasta que nos venga en gana
hasta que estemos acabados

viernes, 30 de enero de 2015

cuento [fragmento_tratamiento]

¿Cuántas veces le advertirían sobre los peligros del monte? Unas veinticinco, mal contadas. Veinte su madre y otras cinco su padre, sí, porque él era callado aunque la miraba siempre con amor, y las cosas se las decía con su vozarrón que la arrullaba. Se lo dijeron tanto, y tanto y tanto y tanto, que al final dejó de prestar atención y las palabras lo único que produjeron fue un entumecimiento en su cerebro con la repetición, de manera que las frases perdieron su destino. Hay que darles el beneficio de las primeras tres a cada uno, pero luego ella se abrumó y debido a su naturaleza impaciente, impulsiva, simplemente dejó de entender porque así lo dispuso. Porque a ella, la de los ojos tan oscuros y tan brillantes tanto en la noche como en el día; a ella, de cabellos finos y tostados, y de sonrisa que ocupa medio rostro; a ella sólo le interesaba descubrir el mundo, únicamente eso, porque su corazón se lo susurraba cada noche, cada mañana al abrir los ojos y percatarse de que quien miraba hacia el techo era su alma, no otra, y entonces su corazón —con latidos suaves primero y luego rápidos— le imploraba que se atreviera a ir más allá de la empalizada. Se lo dijo a su madre, que al escucharla supo que nada la detendría porque la conocía como a sí misma, era verse décadas atrás; su hija era su extensión,  una estela que por serlo, no era menos intensa que el núcleo que la engendró; continuaba siendo la misma esencia. La madre, luego de varias noches en vela, decidió contarle al padre quien conocía los peligros que acechaban más allá de los límites de la casa, unos límites que él había extendido con todo el sudor de su juventud, todo excepto el que se le derramaba por las noches junto al de su mujer en la intimidad.

lunes, 19 de enero de 2015

náufrago

Abro los ojos en la hora en que la mayoría de los que ambicionan con algo
se alistan para alcanzar sus sueños de a poco
de a día
me revuelco en la cama y escucho los primeros vehículos rugir
escucho las carretas sobre un asfalto que les niega tranquilidad
busco el sueño, pasmado como quien tiene demasiadas preocupaciones
o como el que ya no tiene ninguna y espera su turno
Sin notarlo, caigo
las carretas, la gente, avanzan.

jueves, 8 de enero de 2015

Extraviado

Aquí estoy. En medio de nada, en el interior de un país sin nombre; un lugar en el que se extienden cultivos a este y oeste, en el que la única certeza es un sol que vierte odio sobre mí. Lo demás se va creando conmigo; la carretera que divide la planicie, generada, en la tierra estéril, por las toneladas sobre el caucho que viajan y dejan únicamente un recuerdo polvoriento con su paso apresurado; los árboles que se asoman, de aspecto milenario, sombrío, y contemplan el mundo y su degradación. La extensión es infinita, irreal. Sigo el camino creado por la civilización; me pregunto qué llevarán las volquetas a cuestas en una zona en la que sólo parecen existir cultivos triviales, básicos para la subsistencia y me pregunto dónde está el dueño de cada plantación porque la presencia humana, aparte de mí, es nula, incluso en los vehículos que no tienen descanso y se dedican a pasar de manera monótona, viciada.

Sigo en solitario, sin buscar un destino específico mas sí una salida de algún tipo. Los pasos me acercan a una encrucijada. El sol es ahora cosmético. En la tierra árida se imponen los árboles, inmensos, con tanta existencia en sí mismos que lucen indiferentes ante la vida y la muerte; sus ramas se abrazan, se unen y simulan una noche de luna menguante en la que las sombras no dejan morir completamente los detalles. Te telefoneo desde allí y te cuento de este lugar, de cómo los troncos se alzan imponentes y no permiten que nada los intimide; que los árboles emanan presencia y no sé explicártelo; y te digo que los fotografiaré para ti, que luego te los mostraré, y con eso te miento; te digo también que me encantaría que estuvieses aquí, pero me guardo la razón.

El camino me da tres opciones, porque el retorno nunca fue la cuarta. Da igual cuál escoja. Saco un mapa de mi bolsillo; me ubico en él, me doy cuenta de que estoy en un valle africano, en una nación que no existe. Estoy perdido. Si pudiera despertar en este instante, no conseguiría regresar, no encontraría la salida que ahora dudo si busco; una parte de mí permanecerá extraviado en esta encrucijada en la que seguir una dirección significa errar hasta el infinito, o en la que quizás no habrá más que esto. Una parte de mí permanecerá extraviado, la parte que no pudo despertar, no pudo, que no pudo escapar; esa parte de mí que te escribe esto, para que sepas que no te olvido a pesar del espacio y la distancia que aquí no existen ya; desearía enviarte una fotografía de esos seres que no me juzgan, que sólo parecen mirarme sin curiosidad mientras no me decido.