viernes, 30 de enero de 2015

cuento [fragmento_tratamiento]

¿Cuántas veces le advertirían sobre los peligros del monte? Unas veinticinco, mal contadas. Veinte su madre y otras cinco su padre, sí, porque él era callado aunque la miraba siempre con amor, y las cosas se las decía con su vozarrón que la arrullaba. Se lo dijeron tanto, y tanto y tanto y tanto, que al final dejó de prestar atención y las palabras lo único que produjeron fue un entumecimiento en su cerebro con la repetición, de manera que las frases perdieron su destino. Hay que darles el beneficio de las primeras tres a cada uno, pero luego ella se abrumó y debido a su naturaleza impaciente, impulsiva, simplemente dejó de entender porque así lo dispuso. Porque a ella, la de los ojos tan oscuros y tan brillantes tanto en la noche como en el día; a ella, de cabellos finos y tostados, y de sonrisa que ocupa medio rostro; a ella sólo le interesaba descubrir el mundo, únicamente eso, porque su corazón se lo susurraba cada noche, cada mañana al abrir los ojos y percatarse de que quien miraba hacia el techo era su alma, no otra, y entonces su corazón —con latidos suaves primero y luego rápidos— le imploraba que se atreviera a ir más allá de la empalizada. Se lo dijo a su madre, que al escucharla supo que nada la detendría porque la conocía como a sí misma, era verse décadas atrás; su hija era su extensión,  una estela que por serlo, no era menos intensa que el núcleo que la engendró; continuaba siendo la misma esencia. La madre, luego de varias noches en vela, decidió contarle al padre quien conocía los peligros que acechaban más allá de los límites de la casa, unos límites que él había extendido con todo el sudor de su juventud, todo excepto el que se le derramaba por las noches junto al de su mujer en la intimidad.

lunes, 19 de enero de 2015

náufrago

Abro los ojos en la hora en que la mayoría de los que ambicionan con algo
se alistan para alcanzar sus sueños de a poco
de a día
me revuelco en la cama y escucho los primeros vehículos rugir
escucho las carretas sobre un asfalto que les niega tranquilidad
busco el sueño, pasmado como quien tiene demasiadas preocupaciones
o como el que ya no tiene ninguna y espera su turno
Sin notarlo, caigo
las carretas, la gente, avanzan.

jueves, 8 de enero de 2015

Extraviado

Aquí estoy. En medio de nada, en el interior de un país sin nombre; un lugar en el que se extienden cultivos a este y oeste, en el que la única certeza es un sol que vierte odio sobre mí. Lo demás se va creando conmigo; la carretera que divide la planicie, generada, en la tierra estéril, por las toneladas sobre el caucho que viajan y dejan únicamente un recuerdo polvoriento con su paso apresurado; los árboles que se asoman, de aspecto milenario, sombrío, y contemplan el mundo y su degradación. La extensión es infinita, irreal. Sigo el camino creado por la civilización; me pregunto qué llevarán las volquetas a cuestas en una zona en la que sólo parecen existir cultivos triviales, básicos para la subsistencia y me pregunto dónde está el dueño de cada plantación porque la presencia humana, aparte de mí, es nula, incluso en los vehículos que no tienen descanso y se dedican a pasar de manera monótona, viciada.

Sigo en solitario, sin buscar un destino específico mas sí una salida de algún tipo. Los pasos me acercan a una encrucijada. El sol es ahora cosmético. En la tierra árida se imponen los árboles, inmensos, con tanta existencia en sí mismos que lucen indiferentes ante la vida y la muerte; sus ramas se abrazan, se unen y simulan una noche de luna menguante en la que las sombras no dejan morir completamente los detalles. Te telefoneo desde allí y te cuento de este lugar, de cómo los troncos se alzan imponentes y no permiten que nada los intimide; que los árboles emanan presencia y no sé explicártelo; y te digo que los fotografiaré para ti, que luego te los mostraré, y con eso te miento; te digo también que me encantaría que estuvieses aquí, pero me guardo la razón.

El camino me da tres opciones, porque el retorno nunca fue la cuarta. Da igual cuál escoja. Saco un mapa de mi bolsillo; me ubico en él, me doy cuenta de que estoy en un valle africano, en una nación que no existe. Estoy perdido. Si pudiera despertar en este instante, no conseguiría regresar, no encontraría la salida que ahora dudo si busco; una parte de mí permanecerá extraviado en esta encrucijada en la que seguir una dirección significa errar hasta el infinito, o en la que quizás no habrá más que esto. Una parte de mí permanecerá extraviado, la parte que no pudo despertar, no pudo, que no pudo escapar; esa parte de mí que te escribe esto, para que sepas que no te olvido a pesar del espacio y la distancia que aquí no existen ya; desearía enviarte una fotografía de esos seres que no me juzgan, que sólo parecen mirarme sin curiosidad mientras no me decido.