martes, 7 de abril de 2015

{Tres miradas} Tercera

Es domingo. Sabés que casi siempre son solitarios. El día comienza a acabarse, la luz aún está pero el calor desaparece paulatinamente, al igual que tu pasión. Es esa hora en la que todo permanece tranquilo, como tu vida, aunque en ella no es tanto tranquilidad sino monotonía, porque estás inquieto y todavía no lo sabés. Un automóvil voltea y te alistás para ejecutar tu parte: Ofrecerle un puesto clandestino de parqueo. Un falso cliente. Los dados golpean (como cada sábado y cada domingo) el vidrio del parqués y vos ya ni reparás en ello. El hambre te llega. Aparece una camioneta de esas que te gustan, para llenarla de cosas, pero ¿qué cosas? Ahora sí hacés tu parte, agitás el trapo, das las indicaciones necesarias; un acto practicado ¿Por cuánto tiempo ya? ¡Tanto! ¡Tanto! Y el conductor, como la mayoría de conductores que te han tocado, no parece advertir tu presencia, tus palabras; al principio te molestabas mucho; ellos siguen mirando hacia el frente y por los retrovisores ¿Sabrán que existís? ¿Alguna vez has deseado preguntarle a alguno de ellos si te ve? ¿Importa?

Vas a la acera de enfrente, a la banca y te sentás (ya te cansás más rápido que antes). Un hombre sentado a tu lado escribe; esa banca casi siempre está dispuesta para vos y más un domingo; su presencia no te molesta, te causa curiosidad y le preguntás si está estudiando, te responde con un sí a secas; como sos seco en tu trato, te da igual. En general hablás poco; hoy te dio por hacerlo más de la cuenta, la soledad y el silencio te están pesando más este domingo y por él; su presencia te hace pensar de más. «Ahí nos vamos yendo» le decís y en ese momento aparece uno de los pocos autos que sabés llegan fijos los fines de semana; son los muchachos con sus instrumentos, llegan a ensayar su música; te percatás de que son alrededor de las cinco. Repetís tu número, los saludás un poco adusto, sólo un poco. Pasás de nuevo junto a la camioneta y te apoyás en ella, mirás en la parte trasera, te ilusionás creyendo ver un billete y es sólo un papel. El aire comienza a hacerse más frío y te fastidia la garganta, te vuelve la tos que lleva varios días; también agita tu hambre, pensás en los pasteles, en las sobras. Pensás en vos, en el hombre de la banca, en lo que pudiste ser; un titubeo; sos vos de nuevo, el Raúl callejero, el que quiere ser libre, el que es libre, con hambre pero libre, sin la posibilidad de tomarse otra cerveza, el que a veces vive de la caridad; libre.

Volvés a la banca. Mirás al hombre, lo escudriñás y querés saber qué escribe por tanto tiempo, hasta pensás que él está allí desde que existís; un pequeño desvarío. No lo sabés pero la inquietud comienza a hacerse visible en vos; él hace que comience a existir. Lo ves ahí y te surge la necesidad de hablarle, de matar la soledad, de sólo hablar por hablar y es por ello que le mencionás a los muchachos que ensayan su música todos los domingos. Él, áspero como vos. No importa. Querés hablar lo que sea. Luego callás; tu estado natural repujado por la costumbre. Sigue ahí y pensás en él. A tu manera pudiste ser él; no exactamente él, te referís a haber hecho otra cosa con tu vida. Debiste ser otro. Los de la camioneta salen del restaurante y te apurás a su encuentro. Ves al niño y jugás con él. Amelia. Amelia entra en tu cabeza. Ícaro; así le decía ella y así se llama para siempre en tu corazón. Ícaro. Tu hijo que no logró serlo. Debió. Y ella debió ser tu esposa ¿cierto? ¿Dónde estará? ¿Estará? El conductor pasa frente a vos y ninguno se inmuta. Se toma su tiempo y ves al niño subirse (Ícaro). Él debió ser y así vos pudiste ser y Amelia hubiera sido ¿Dónde está ella? ¿Qué le dirías? ¿Está con otro? La hiciste alejarse de tu lado y no te importó porque esa es mi naturaleza, pensabas en esa época ¿Importa ahora? ¿Es solamente por la soledad? ¿O realmente importa? La ventanilla se abre, una mano aparece: dinero; tomás las monedas y antes de guardarlas, las contás rápido. Agitás el pañuelo, una despedida. Ícaro. ¿Hubo otro Ícaro para ella? ¿Un mejor Rául? Te sentás. El hambre no se esconde tras los pensamientos. Buscás a Josefina, la ilusión de así sea un mendrugo. La gorra pica en tu cabeza; te la quitás. Otra cerveza, te gustaría otra cerveza, una más te ayudaba a olvidarla. Eso no va a funcionar esta vez. Volvió a vos, no como esperarías, no en persona; en un pensamiento que no tiene intención de alejarse ¿La buscarías? ¿La amás? Para qué ¿Dónde, dónde estás? El hombre continúa sentado en la banca, escribiendo y a veces te observa; no lo notás. Los dados ya no suenan y los automóviles no voltean por tu cuadra, siguen derecho por la principal; eso ya no te importa, te quedó una inquietud que no sabés que existe; para vos, es Amelia, es el hijo que no te hizo ser diferente porque voló antes de lo debido.

lunes, 6 de abril de 2015

{Tres miradas} Segunda

Está comenzando a enfriar. ¡Qué calma! Siempre es lo mismo los domingos. Ese olor. Ya está haciendo hambre; el sancocho de ayer estuvo bueno bueno ¡y dos platos! Lástima no haber podido guardar uno para hoy ¡juemadre! Ahí llega un carro, por fin. No, siguió derecho. Deben ser las cuatroymedia, con razón no viene nadie, aunque en esto aparecen los pelaos a ensayar. Este sí. «Dele dele dele. Ahí. Eso» Buena camioneta. Así la quiero yo, amplia atrás para meterle todo lo que quiera. Con este carro uno piensa que dejarían buena propina pero los he visto en unos más vistosos y son más amarraos. Hambre y no hay pinta de que me vayan a dar algo, toca esperar hasta más tarde a los pasteles viejos o algún sobrao; ojalá alguien haya pedido uno de más y le haya quedao grande a ver si Josefina me lo guarda. Éste está bien, éste también, nada raro por aquí, todos tal cual llegaron, no falta el maldadoso que los raya, hoy no… por el momento. Bueno, a descansar las piernas. Este muchacho… A esta hora un domingo por aquí. Yo no lo había visto. «¿Está estudiando?» Vea usted. El que quiere y puede… «Muy bueno. Ahí nos vamos yendo» Ahí me voy yendo ¿Será que debí haber estudiado? ¿Y qué hubiera…? No, creo que yo no estaba para eso; eso es pa’l que quiere y a mí nunca me gustó, pero es que vivir así… vivir así así así sin nada sin nada seguro todos los días lo mismo esa incertidumbre ¿Al menos debí buscar un oficio? Ahí llegaron los muchachos, yo sabía. Entonces deben ser como las cinco «¡Hágale, dele dele, eso!» «A ensayar, ¿no? Muy bueno, yo los escucho desde aquí, sí señor, suena duro y bonito» Debí ser cantor, mi mamá me decía que yo tenía una voz muy bonita. ¡Qué hambre! Aunque preferiría una cerveza, otra, pero son muy caras y si Josefina se da cuenta, no me da comida. Aquel muchacho sigue estudiando. Todo bien por aquí. ¡Qué camioneta más bonita! ¿Qué es eso, un billete? ¡Bah! Sólo basura. No hay más carros, aprovechemos a descansar. Volverse viejo es complicado. ¿Uno sin un guardadito de qué va a vivir luego? Esto toca hacerlo hasta que llegue la hora. Ahí me voy yendo «Ahí nos vamos yendo, muchacho» Sí, ya qué, a más de mitad de camino no hay manera de devolverse ¡Qué cantor de tangos! Lo que fue, fue. Vean a este pelao, está joven y se le nota que disfruta lo que hace porque un domingo no provoca nada así esté uno sin un peso… pero aquí soy libre, no estoy encerrado, no le hago daño a nadie, me toca aguantar hambre, sí, y sed, pero soy libre… Bueno, a ver este señor qué tan generoso es. El niño tiene razón, el pastel de arequipe con queso es el más rico y ya se acabó ¡Qué vaina! Hace rato no me toca. Los niños son lindos. Si Amelia hubiera tenido a Ícaro… Se nos fue antes de tiempo. Ícaro; estábamos entusiasmados con él y pensé en sentar cabeza; mi vida hubiera sido diferente, tal vez no sería cantor pero un hijo habría cambiado todo. Para bien. Yo lo habría recibido con amor y estaría con Amelia ¡Cómo quise a esa mujer! Todavía, pero lo callejero no iba con ella ¿Dónde estará? Por Ícaro hubiera dejado de serlo, debí dejar de serlo por ella. Ya no fue. ¿Estará viva? Mil. No está mal. «Ahí me voy yendo» ¿Dije eso en voz alta? Ya ni me doy por enterado y me sucede muy a menudo últimamente. Será por no hablar con casi nadie. Amelia Amelia ¿Estarás viva? ¿Estarás? ¿Dónde? ¿Habrá un nuevo Ícaro para vos? ¿Uno que no se fue y te cambió la vida? Ése debió ser nuestro, no tuyo con otro, sino tuyo y mío Amelía mío mi Ícaro contigo con una nueva vida para mí para los dos Amelia ¿Estás? No debí ser cantor Amelia debí ser Papá Esposo y tener una casa con vos sí Amelia con vos y ya no puedo ser papá Amelia ya no puedo criar a un Ícaro aun si quisiera ya estoy dañado para eso ya es muy tarde ¿Y para vos? ¿Fue tarde? ¿O fue?  A mí me hubiera gustado mucho mucho mucho yo te lo dije cuántas veces te lo dije Amelia Amelia ¿Cuántas? Los dos estábamos ilusionados Y lo perdimos Yo sé que me dio rabia y te llegué a culpar y te pido perdón yo nunca te pedí perdón no fue tu culpa Y luego te perdí a vos no debí perderte No debí ser cantor no debí ser esto que soy ¿Debí ser otro? Debí ser tuyo así no me iría yendo día tras día sin vos así me voy yendo sin vos y no debí… perdón perdón Amelia ¿Dónde estará Josefina? ¿Dónd…? Hace sueño. Y hambre. Deben ser las seis. Casi no hay movimiento, como todos los domingos, pero toca darle hasta las nueve, igual que todos los días. Ese muchacho sigue escribiendo ¿Dónde estarás, si estás, Amelia?

domingo, 5 de abril de 2015

{Tres miradas} Primera

El sol busca regocijo en las montañas más robustas. En el cielo, la luna es un diminuto cacho, se confunde con un trazo difuminado de nubes que se han tomado la mitad del orbe; al fondo, lindando con el horizonte, donde el sol se empecina en hallar resguardo, las nubes estallan en un blanco y un naranja tenue. De un garaje abierto surge el incesante sonido de los dados al chocar contra el cristal; repetitivo el sonido, podría pensarse que es siempre el mismo; a veces el intervalo entre golpe y golpe cambia, haciendo creer que la partida pudo haber terminado. Es un engaño.

Los autos dejan en el aire la estela de un rugido al pasar por la avenida, no tan imponente como el del avión que desde el suelo se ve cruzar junto al cacho que es la luna. El olor de la comida escapa de los locales y atrae a los hambrientos y golosos. A veces los autos se desvían y giran por esta calle; a veces también reducen la velocidad y buscan un sitio para aparcar. Cuando esto último sucede, aparece Raúl; lleva en su mano un dulceabrigo y lo agita, introduciéndose en la escena, como una señal de que allí se puede parquear. La manos que agitan el trapo rojo están ennegrecidas y sus uñas son gruesas y largas; ennegrecidas como su pantalón, camiseta y un chaleco de motociclista seguramente encontrado en la misma calle; la barba, canosa es de varios días; las botas están lustradas, impecables como la oscuridad. Pasajeros y conductor bajan de una camioneta, sin reparar en Raúl entran a un restaurante. Raúl observa la camioneta mientras se echa el trapo sobre el hombro, va a la calle de enfrente y se sienta en una banca, «Ahí nos vamos yendo» dice en voz alta como si hablara al hombre que se encuentra sentado en la misma banca; el hombre lo mira y asiente con la cabeza. Llega otro automóvil, Raúl se levanta y repite su número; los pasajeros también. Raúl se vuelve a acercar a la camioneta y se apoya en la parte de atrás, mira algo dentro, el dulceabrigo en su espalda; parece cavilar un rato y cruza la calle para sentarse junto al hombre que escribe «¿Está estudiando?» «Sí» Responde el hombre «¿Qué estudia?» «Literatura» «Qué bueno, muy bueno, ahí nos vamos yendo… debe ser difícil» El hombre se encoge de hombros y continúa escribiendo «Ahí subieron los instrumentos» dice Raúl; el hombre lo mira y por no ser grosero, pregunta «¿Qué instrumentos?» «Una batería, guitarra, violín… allá a esa casa; ellos ensayan cada ocho días» Su aliento tiene un dejo casi extinto a licor.

Los de la camioneta salen del restaurante y Raúl corre a su encuentro, le hace señas a un niño mientras el conductor pasa cerca de él sin determinarlo y sube al asiento. Raúl espera. El conductor se toma su tiempo; para él, Raúl parece no existir como un ser, un ente, sino más como una presencia que logra ubicar en el espacio; baja un poco la ventanilla (es su parte del acto, un ritual acordado por gusto o no) y saca la mano. Raúl, por orgullo o por ser parte de su papel, decide no mirarlo, se concentra en la mano y toma las monedas que hay en ella. La camioneta arranca. Raúl las mira y las mete en el bolsillo de su pantalón; todavía no sabe cuánto ha recogido, prefiere la sorpresa al final de la noche. Tose una tos flemosa. Recorre la calle a la espera de un próximo automóvil que no aparece. Se sienta junto a un local «Ahí me voy yendo» Se repite a sí mismo como si fuera un credo, algo a lo que se aferra y necesita creer. Cruza las piernas y piensa, parece que algo lo agobia. Un bostezo se topa con la palma de su mano. Busca a alguien en el local como si deseara que se acordara de él; el olor de la comida lo inquieta.

{Tres miradas}

¿Cuántas veces hemos pasado junto a alguien y nos causa curiosidad su manera de vivir? Deseamos conocer sus pensamientos, sus angustias; todo lo que está oculto tras su carne, en lo profundo de su corazón y de su mente. En ocasiones, si logramos hablar con esa persona, sus sentimientos y experiencias surgen en la conversación como un acto reflejo de la psique. La mayoría de las veces nada de esto es posible porque pasamos de largo sin percatarnos de los que nos rodean; flotamos en una burbuja que nos aleja de la contemplación. Cuando no logramos detenernos pero nos entra la intriga y nos tomamos el tiempo, queda especular, o soñar si se prefiere el término. Esto último fue lo que me sucedió: soñé con una situación en alguien; tomé unos pocos fragmentos de su “realidad”, creé una historia y la narré desde diferentes puntos de vista. Son miradas parciales y convergen a una misma idea pero intentan acentuar rasgos diferentes.