domingo, 5 de abril de 2015

{Tres miradas} Primera

El sol busca regocijo en las montañas más robustas. En el cielo, la luna es un diminuto cacho, se confunde con un trazo difuminado de nubes que se han tomado la mitad del orbe; al fondo, lindando con el horizonte, donde el sol se empecina en hallar resguardo, las nubes estallan en un blanco y un naranja tenue. De un garaje abierto surge el incesante sonido de los dados al chocar contra el cristal; repetitivo el sonido, podría pensarse que es siempre el mismo; a veces el intervalo entre golpe y golpe cambia, haciendo creer que la partida pudo haber terminado. Es un engaño.

Los autos dejan en el aire la estela de un rugido al pasar por la avenida, no tan imponente como el del avión que desde el suelo se ve cruzar junto al cacho que es la luna. El olor de la comida escapa de los locales y atrae a los hambrientos y golosos. A veces los autos se desvían y giran por esta calle; a veces también reducen la velocidad y buscan un sitio para aparcar. Cuando esto último sucede, aparece Raúl; lleva en su mano un dulceabrigo y lo agita, introduciéndose en la escena, como una señal de que allí se puede parquear. La manos que agitan el trapo rojo están ennegrecidas y sus uñas son gruesas y largas; ennegrecidas como su pantalón, camiseta y un chaleco de motociclista seguramente encontrado en la misma calle; la barba, canosa es de varios días; las botas están lustradas, impecables como la oscuridad. Pasajeros y conductor bajan de una camioneta, sin reparar en Raúl entran a un restaurante. Raúl observa la camioneta mientras se echa el trapo sobre el hombro, va a la calle de enfrente y se sienta en una banca, «Ahí nos vamos yendo» dice en voz alta como si hablara al hombre que se encuentra sentado en la misma banca; el hombre lo mira y asiente con la cabeza. Llega otro automóvil, Raúl se levanta y repite su número; los pasajeros también. Raúl se vuelve a acercar a la camioneta y se apoya en la parte de atrás, mira algo dentro, el dulceabrigo en su espalda; parece cavilar un rato y cruza la calle para sentarse junto al hombre que escribe «¿Está estudiando?» «Sí» Responde el hombre «¿Qué estudia?» «Literatura» «Qué bueno, muy bueno, ahí nos vamos yendo… debe ser difícil» El hombre se encoge de hombros y continúa escribiendo «Ahí subieron los instrumentos» dice Raúl; el hombre lo mira y por no ser grosero, pregunta «¿Qué instrumentos?» «Una batería, guitarra, violín… allá a esa casa; ellos ensayan cada ocho días» Su aliento tiene un dejo casi extinto a licor.

Los de la camioneta salen del restaurante y Raúl corre a su encuentro, le hace señas a un niño mientras el conductor pasa cerca de él sin determinarlo y sube al asiento. Raúl espera. El conductor se toma su tiempo; para él, Raúl parece no existir como un ser, un ente, sino más como una presencia que logra ubicar en el espacio; baja un poco la ventanilla (es su parte del acto, un ritual acordado por gusto o no) y saca la mano. Raúl, por orgullo o por ser parte de su papel, decide no mirarlo, se concentra en la mano y toma las monedas que hay en ella. La camioneta arranca. Raúl las mira y las mete en el bolsillo de su pantalón; todavía no sabe cuánto ha recogido, prefiere la sorpresa al final de la noche. Tose una tos flemosa. Recorre la calle a la espera de un próximo automóvil que no aparece. Se sienta junto a un local «Ahí me voy yendo» Se repite a sí mismo como si fuera un credo, algo a lo que se aferra y necesita creer. Cruza las piernas y piensa, parece que algo lo agobia. Un bostezo se topa con la palma de su mano. Busca a alguien en el local como si deseara que se acordara de él; el olor de la comida lo inquieta.

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